Parque Gulliver. Foto: Carambal.

Cap i casal. Icones de la cultura valenciana es un proyecto entre Hard Cuore Producciones y Carambal para contar València a partir de lugares, personas, símbolos… reconocibles, sin los que la ciudad no sería lo que es. Cada mes se publicará una nueva entrega. Hoy, nos tiramos por el tobogán del Parque Gulliver. Más información sobre la iniciativa, aquí.

Puedes pasar doscientas, trescientas veces, por el Puente del Reino de València (popularmente conocido como el de las gárgolas), que cuando llegas a la altura del Gulliver, te paras, te asomas y en una mezcla de embobamiento y encantamiento, te quedas unos minutos observándolo. Casi siempre sacas el móvil y lo inmortalizas. No importa que haya chiquillería o esté vacío. La atracción es la misma. Una sensación de fantasía, incluso de incredulidad, de que algo tan espléndido exista en estos tiempos tan impersonales. Una de esas cosas que hacen ciudad, desde el interior y para el exterior.

El Parque Gulliver representa ese momento de las aventuras del gigantón en que es hecho prisionero por los habitantes de Lilliput y atado e inmovilizado con cuerdas al suelo. Su historia, como las aventuras narradas por Jonathan Swift, también estuvo salpicada de infortunios que estuvieron a punto de echar al traste el proyecto o de ser construido en otra ciudad.

1986. Rafa Rivera, arquitecto municipal, recibe el encargo de realizar un parque infantil en Doctor Lluch. Imagina un Gulliver gigantesco y con la ayuda del artista fallero Manolo Martín, presentan un borrador del proyecto. Es rechazado por el Ayuntamiento, pero la idea ha calado con fuerza en Rivera y más tarde, ya sin relación contractual con el consistorio, la retoma. El dibujante Sento Llobell, que había colaborado con Martín, se suma a la aventura y, junto a Toni Vaca, realizan una maqueta. «Me pidieron hacer una figura contemporánea, que tuviera cierto aspecto de modernidad», recordaba Llobell, el año pasado, en una entrevista. Todo ello sin perder de vista su público potencial, el infantil, y la necesidad de que integrara toboganes, escondites… y todo aquello que estimulara el juego y la diversión.

Son los años previos a las Olimpiadas de Barcelona y ofrecen el proyecto a las paralelas Olimpiadas Culturales a realizar también en la misma ciudad. La propuesta es recibida con los brazos abiertos. Y, seguramente, esa posibilidad de que Gulliver trasladara su residencia fue la que hizo reaccionar al consistorio valenciano y que el parque finalmente se levantara en el viejo cauce del río. No fue un camino sencillo porque la oposición (PP y UV) torpedeó su construcción con bulos y disparates alarmistas, pero finalmente el 29 de diciembre de 1990, la instalación gigante (de siete metros de altura) del gigante abrió sus puertas para gozo y alborozo de visitantes de todas las edades.