
Paca Brull Olmos es su nombre, pero todo el mundo la conoce como Paca Gestal. Gestal por Gestalguinos, el bar (en Poeta Liern, 13) que regentó durante más de cuatro décadas (y que hoy en día sigue abierto con Javo Martínez a los mandos). Detrás de la barra, no solo servía cervezas, sino también buena conversación y respeto.
Quedamos, primero cerca de La Bene, otro día en su casa, y en una tercera ocasión al lado del Botànic, para repasar su vida. La suya, la de Gestal, la de València. Paca sabe de la importancia de la palabra, para contar y reflexionar, pero también como compromiso. Un amigo le dijo, en una ocasión, que ella había vivido como había querido. Y aquello le gustó mucho. Y así sigue.
Naces en 1953 en Catarroja.
Mi abuela materna vivía en Catarroja y mi madre fue a dar a luz allí. Toda mi familia son de l’Horta Sud desde tiempos inmemoriales. Soy la mayor de mi generación en ambas familias, una de labradores y agricultores, y la otra de artesanos. Mi padre era sastre, logró ser uno de los tres mejores de València, siempre estuvo vinculado al Gremio, del que llegó a ser tesorero.
¿Cómo recuerdas tu infancia?
Fue maravillosa. Vivíamos en una casa muy grande de la calle Garrigues. Mi padre tenía la vivienda y el taller en el mismo piso. Allí trabajaban siete u ocho personas. Crecí entre adultos, con la radio puesta veinticuatro horas al día antes de tener televisión. De hecho, cuando se iban los chicos del taller, nosotros cenábamos oyendo teatro en la radio. En 1961, él compró otro piso en la calle Padilla, trasladó allí la sastrería, y nosotros nos quedamos en Garrigues.
Mi padre fue, para mí, una figura determinante porque era una persona maravillosa, muy inteligente, muy flexible, muy empática. Y lidiando con mi madre, que creo que tenía una pequeña psicopatía que nos hizo un poco la vida insoportable a todos.
¿Qué sitios recuerdas de aquella València?
Mi barrio era de la plaza del Ayuntamiento a la Avenida del Oeste. Cuando yo nazco, el centro comercial de València es la Avenida del Oeste. Todo lo que fue después El Corte Inglés, o Juan de Austria, era casi el extrarradio.
Y en esa Avenida del Oeste montaron los primeros grandes almacenes, Galerías TodO, que tuvo las primeras escaleras mecánicas de la ciudad. Entonces no teníamos televisión, y, por ejemplo, los animales salvajes los conocíamos a través de libros, de cromos… En Galería TodO decidieron frigorizar un escaparate y lo llenaron de pingüinos. Todos los niños estábamos ahí con la nariz pegada porque ver pingüinos era algo muy novedoso. No sé si quien tuvo la idea de meterlos allí sabía que el pingüino caga hacia arriba porque son colonia. Y aquello fue bastante desastroso.
Otro recuerdo de mi infancia es cuando íbamos a la lechería a por hielo para la nevera. O los cines. En el centro estábamos rodeados de salas. El Olympia, el Oeste que ahora es un Consum, el Lys…Aunque al cine, realmente, solo se iba los fines de semana.
¿Qué sensación tienes cuando ahora pasas por ese Consum que antes fue el Cine Oeste?
Se me cae el mundo. Veo el Consum, evidentemente, hasta que los recuerdos se me llevan. Porque ves lo que fue tu casa, donde viviste y es curioso cómo recordamos porque pensamos que lo hacemos como narrativa, pero no es cierto, la narrativa la pone cada uno. Tú ves como si fuera una colección de diapositivas, ves imágenes, flashes. Y a partir de ahí creas una narrativa que responde a lo que fue o no. Pero no tienes otra cosa. Lo que tú eres responde a esa narrativa que tú te has creado, parte de lo que sucedió, parte de lo que tú eras consciente con la edad que tenías y parte de cómo has ido rellenando los intersticios de esas imágenes, que además son imágenes que no son elegidas. Porque podrías pensar que son las imágenes decisivas o significantes, pero no, son la chorrada más chorrada del mundo.

¿A qué colegio fuiste?
A las Escolapias. Fue una experiencia dramática. Iba a preescolar, era de las más pequeñas de clase y todos los días me quedaba sin pupitre. Hasta que un día me cansé y vi que la niña que me lo quitaba sistemáticamente estaba bebiendo agua en una fuente, fui por detrás, le arreé una chufa y le rompí los dientes contra el grifo. Ese fue mi final en el colegio. Entonces, mi padre, que era muy inteligente, un hombre muy crítico con el régimen, calladamente, discretamente, porque sabía lo que había, pero una persona que intentaba ser muy coherente, buscó un colegio nuevo para mí y consiguió, algo que era muy difícil, que entrara en el Colegio Alemán.
Estuve allí hasta los 12 ó 13 años, que a mi hermana la tuvieron que matricular en Domus, en la calle Cuenca, y decidieron que compartiéramos colegio y así yo la llevaba y traía de clase a casa. No eran conscientes de lo que suponía para mí salir de un colegio donde no había manifestaciones religiosas más allá de la signatura de Bachiller. En el Colegio Alemán no llevábamos uniforme, era mixto. Yo llego a Domus y no sé ni rezar porque mis padres no eran practicantes. Además era ese inicio de la adolescencia en la que empiezas a distanciarte de tus mayores. Todavía no salía con amigos por ahí y encima los míos se habían quedado en el colegio. Estaba muy sola.
Aquello fue bastante terrible. La misa, el rosario, el uniforme, todo niñas… Cursé allí tres cursos, repetí Cuarto de Bachiller. Y me volví un poco el terremoto del colegio. Como no entendía nada de lo que estaba pasando decidí leer la Biblia, a ver si me enteraba de algo. La leí sin prejuicios, pero con ojos críticos y lo comentaba con las amigas que iba haciendo.
Estaba en mi segundo Cuarto de Bachiller cuando me llamó la directora, que además era dueña y fundadora del colegio, a su despacho. Era el terror ir a ese despacho. Me dijo que había llegado a sus oídos que yo decía que Jesucristo no era Dios. Y que eso no se podía permitir. En ese momento, ese colegio, estaba muy de moda porque acababan de entrar todos los tecnócratas en el mundo político y público. Y como era laico estaba vinculado al Opus Dei. A Domus iban hijos de jueces, de directores de periódico como José Ombuena, de periodistas como las hermanas Barberà, la pequeña, Asunción, era amiga mía de clase… todo este elenco estaba en el colegio.
Eran muy estrictos con la disciplina y se permitían expulsar a las niñas con alegría, sabiendo que como la pública era tan escasa y tan mala, si a ti te tiraban de un colegio, era muy complicado entrar en otros.
El caso es que la directora, en lugar de llamar a mis padres como era el protocolo, me dijo que si yo le decía que creía en la eucaristía me quedaba en el colegio y si no me iba fuera. Ella sabía que si contestaba que sí iba a tener que ser consecuente con mis palabras, porque yo no era una niña frívola. Dije que no. A la mujer le cayeron dos lagrimones, me dijo que no me quería expulsar, que eran órdenes superiores. Al final me dejaron terminar el curso. Eso sí, con vigilancia. En las horas de estudio, alumnas más mayores, Rita Barberá entre ellas, se me acercaban para hacer proselitismo conmigo.
¿A qué centro fuiste el curso siguiente?
Mi padre reaccionó muy bien a lo de Domus. Me explicó que estas cosas en este régimen no se podían hablar. Me fui al Benlliure, que era mixto y lo acababan de abrir hacía un año o dos. Tendría unos quince años, entré en Quinto, pero en Sexto aquello fue una explosión. Cuando salió el libro blanco de Villar Palasí, montamos una reunión de enseñanza media, un paro, que vino la policía, nos acordonaron el instituto y tuvimos que salir con el carnet en la boca. Aquello fue una locura, lo montamos entre un compañero, Alejo, y yo.
A partir de ahí entré en contacto con gente de extrema izquierda y fui a alguna de las reuniones que hacían los sábados por la mañana. Enseguida me di cuenta de que lo único que hacían era discutir sobre el lenguaje y que todo el mundo tenía un alias. Hablo de 1971, la dictadura se radicalizó mucho con las manifestaciones estudiantiles y obreras. A la gente se la llevaban a comisaría, la podían retener 72 horas, y darles una paliza de muerte.
Un día, me llamó para tomar café este chico, este compañero, que era de las Juventudes Comunistas y me dijo que teníamos un problema. Yo no pertenecía a ningún partido, la gente no sabía quién era, y me propuso que me fuera al suyo a trabajar juntos. Le contesté que yo no era activista y que si entraba en su partido no me iban a decir ni lo que tenía que hacer ni donde tenía que ir. «Entonces no puedes venir», me explicó. Porque en los partidos de extrema izquierda si algo no se podía era ser crítico. Suponía la expulsión inmediata. Así que le dije «cariño, me voy con mis amigos hippies que me entienden mejor que vosotros».
Como consecuencia de toda esta actividad, no pude entrar en la facultad porque aunque no me expedientaron porque hubo profesores progresistas que lo impidieron, no me dejaron hacer la reválida, me estuvieron suspendiendo las marías como la gimnasia o la religión. Y después ya conocí al que sería padre de mis hijos, Varuna y Jano, y empezó otra etapa en mi vida.

Una etapa ligada a Gestalguinos. ¿Antes de regentarlo habías sido clienta?
Sí. A Gestal yo iba con el uniforme del colegio. Aquella era la zona de Tascas, la zona de estudiantes, y buscábamos sitios pequeñitos donde poder reunirnos y hablar como El Mesón de la Tortilla, La Tortuga de Oro, El Ventorro… nos movíamos por esa zona. Y Gestalguinos era uno de esos sitios. Tenía arriba un altillo donde nos reuníamos.
Era un poco tugurio. El dueño como veía que éramos gente joven que iba todos los días, nos dejaba comprar a nosotros los discos, que eran singles, para la máquina que tenía. Cuando salía uno que nos gustaba le pedíamos 60 pesetas y nos íbamos a la calle Padilla, a Guateque, y lo comprábamos. En Gestal, en aquel momento, se oía a Led Zeppelin, George Harrison… A él le convenía porque no dejábamos de meter dinero en la máquina para escucharlos.
Aparte de esa zona de Tascas, ¿por dónde más saliais?
Había dos o tres sitios en el Carmen, también estaba la Escuela de Bellas Artes allí, en la que tenía bastantes amigos como Martín Caballero, Paco Muñoz… toda esta generación que eran mayores que yo. Siempre fui la pequeña de todo. Nos reuníamos a hablar, había domingos que quedábamos a leer en casa de Abelardo Muñoz. Ahí tenía otro núcleo, era gente muy curiosa, porque todavía no estaban en una mirada ni hippie, ni beatnik, ni política, no, ellos todavía mantenían una estética bohemia, parisina. Horacio Silva estaba también. Un hito fue la apertura de Capsa. Tuvieron la feliz idea de poner almohadones en el suelo y la gente del barrio se asomaba a la puerta, apartaban la cortina para vernos als perduts ahí en terra.
¿Cómo accedías, entonces, a libros, música…?
Cuando, como contaba antes, me alejo del mundo político conozco a gente un poco mayor que yo, en la zona de Tascas. Ahí había un grupo del mundo de la música, músicos que iban con Bruno Lomas, y luego personas que tenían ya un, digamos, talante muy intelectual.
Me interesaron mucho porque, claro, con 15 años me hablaban de Camus y yo no tenía ni idea, pero me interesaba muchísimo. Con ellos empecé a leer, a crecer. Era gente que ya iba a Inglaterra, a la fresa, que salía, que viajaba, recuerdo que cuando cumplí 16 me regalaron el Experience, de Jimi Hendrix. Yo ya oía a Beatles, a Rolling Stones. Mi padre que era una persona muy curiosa, había comprado discos de Serrat, de Raimon… Aquello ya empezaba a ser otro mundo y yo quería pertenecer a él.
A todo esto yo tenía una edad que a las nueve y media o a las diez de la noche tenía que estar en casa, mis amigos seguían pero yo tenía que escapar corriendo para no llegar tarde.

¿Cuando ibais a Gestalguinos ya se llamaba así?
Sí. Luego el hombre que lo llevaba cambió el nombre durante una temporada por Tasca Vicente creo recordar, hasta que lo cerraron.
¿Y cómo te lo acabas quedando?
Yo quería salir de mi casa porque mi relación con mi madre no era buena. Trabajé un tiempo en una gestoría por La Pagoda, pero aquello no era para mí. Nos enteramos que traspasaban Gestalguinos y nos lo quedamos y pedimos un préstamo. Abrimos durante las fallas de 1975. Yo tenía 21 años. Con 24 tenía dos hijos, un bar y ya me había separado.
Al año y pico de abrir se nos incendió. Buscamos la forma de reabrirlo, de reformarlo, cerramos en 1979 y volvimos a abrir en las Navidades de 1980 tal y como está ya ahora.
¿Qué gente solía ir al bar?
Venía gente muy alternativa de todo tipo, mucha gente universitaria que además a mí me hicieron hablar valenciano, porque mis padres eran valencianoparlantes, pero yo no. «Paca, tens que parlar valencià», me decían. Y yo les contesté que si me corregían cuando me equivocaba lo haría, porque me producía mucha inseguridad.
Hay anécdotas muy bonitas relacionadas con clientes. A Gestal venían dos chicos que estaban terminando sus estudios, uno Historia y el otro Filosofía. Vivían en pisos de estudiantes. Sería 1976, estalla la crisis del petróleo, y llega un momento que sus padres, que eran agricultores, ya no podían hacer frente a sus gastos y les dicen que tienen que volver a sus pueblos. Yo les contraté a ambos para que pudieran acabar la carrera. Hace año y medio, me encontré a uno de ellos, a Jesús, el que estudiaba Filosofía, por la Plaza de la Virgen. Me contó que aprobó unas oposiciones, fue profesor de Ética, director de un instituto y ya estaba jubilado. «He tenido una vida muy buena, Paca, y no creas que me olvido de que ha sido gracias a ti», me dijo. Y como el ser humano, por encima de todas las cosas, necesitamos reconocimiento, escuchar algo así te compensa mucho.
Un día apareció por allí José Luis Roberto que entonces no era nadie, pero ya tenía un ideario falangista. Vino con muchas ganas de hacer proselitismo y pronto se tuvo que marchar porque la gente en cuanto se dio cuenta de su talante, enseguida, lo botaron de allí.
También recuerdo a un chico que venía y se sentaba a hacer macramé o a un japonés que no sabía hablar castellano y le pusimos Seiko y fue Seiko toda la vida.

En aquellos primeros años, ¿tuvistéis algún problema con la policía?
Nosotros teníamos un secreta que nos visitaba periódicamente. Y luego un señor que venía sin decir nada, iba al cajón de los LP’s, cogía un montón de discos, se sentaba en un rincón de la barra, tomaba sus notas, los volvía a dejar y se iba. Un censor extraño porque nunca nos dijo nada.
En una ocasión sí que me llamaron de la Jefatura de Policía, un comisario de la sección político social. Fui a su despacho y nada más entrar abrió un cajón y me lanzó un porro encima de la mesa. Le dije que no, gracias. En esa visita me di cuenta de que no somos conscientes del mundo en el que vivimos. Ese señor sabía todo de mí y de mi familia, el colegio al que había ido, qué talante tenía mi padre… todo. Yo no tengo fotos de mi boda. Ellos sí que tenían. Sabían quién venía al bar y quién no, de qué se hablaba. Absolutamente todo. Y entonces me dijo, «Si tú quieres cuidar a la gente más cercana a ti, tendrás que hablarme de la gente que menos te interesa, que menos vínculo emocional tengas con ellos. Yo te voy a dar mi teléfono privado y tú me llamas y hablamos». El número me lo escribió como si fuera una suma para que no se reconociera. Obviamente nunca le llamé, nunca.
¿Quién hizo el cartel de Gestalguinos?
No me acuerdo quien lo hizo. El primer cartel es el que está encima de la chimenea. Son tantas miles de caras, de nombres, de conversaciones. Era de un chico que era pintor. Vino un día muy emocionado porque se había comprado un aerógrafo, el primero que conocimos todos, y lo hizo. Pero al ser conglomerado y lloverle durante años, acabó partido. Y mi hijo Jano, basándose en aquel para no perder el estilo, hizo el que está colgado ahora. Que el antiguo pensaba tirarlo, pero empezaron a decirme que lo subastara, que uno lo quería para su chalet, otra para su salón… así que al final se quedó encima de la chimenea.
¿Cómo era la decoración del bar cuando abriste y cómo fue evolucionando?
Siempre ha sido la misma. Es que allí no se puede hacer nada. Sí que hubo cosas que se fueron quitando o renovando. Y me pesa hoy en día no haber guardado algunas de ellas, pero no lo valorabas. Por ejemplo, la máquina de discos. O una expendedora de cajitas de cerillas. En ese momento era lo cotidiano y no le dabas importancia. Guardé, eso sí, con mucho cariño los taburetes que eran de Mobila, debían de ser de los años 40 o 50. Poco más.
¿Qué horario teníais?
Abríamos todos los días sobre las 7. Lo que pasa es que entonces no había horarios. La legislación no estaba reformada, nadie sabía muy bien a qué atenerse. Los años de la transición para muchas cosas fueron de una libertad como no hemos conocido otra. Yo cerraba a las 5 de la mañana. La gente salía todos los días. En Gestal, hasta que prohibieron fumar en el interior, se ha fumado maría y hachís hasta decir basta. Abrías la puerta y salía una humareda de marihuana… pero siempre tuvimos mucho cuidado de que allí no se vendiera ni se comprara.
¿Qué música sonaba?
Algo de cantautores, porque lógicamente era la época, algún disco clandestino, algún single cubano, pero eso era muy excepcional. Entonces empezó a llevarse mucho la música celta. Y luego, claro, pues Bowie, Beatles, Rolling, todos los grupos que empezaron a salir antes del 79, nuestros mitos, Led Zeppelin siempre, Dylan… Sin olvidar que mi adolescencia estuvo muy marcada por el soul y eso se mantenía.
Un día, alguien trajo el disco de Quilapayún, El pueblo unido jamás será vencido, y se montó un follón dentro, y también en la calle, con todo el mundo con el puño en alto cantando.
En Gestal nos robaron dos veces los discos. La primera vez nos destrozaron el bar. Se llevaron los vinilos, los bafles… Además lo dejaron todo roto y sucio. Me fui a comisaría a denunciar y no me hicieron ni caso porque eran muy reacios a engrosar las estadísticas. Cuando volví a Gestal me encontré a cinco o seis clientes preocupados porque no había abierto. Les expliqué lo que había pasado y que me iba a casa y me dijeron que de eso nada, que me pusiera a recoger y a limpiar que ahora venían. Media hora después el bar estaba limpio y tenía otro equipo de música, bafles y discos. Esa era mi gente. El bar era suyo. Era su casa. Este ha sido el talante de Gestal.
Años después me volvieron a robar los discos por segunda vez. Ahí decidí que no volvía a comprar más. Tenía un casete de doble pletina, que más tarde fue sustituido por un lector de cd, y la gente me grababa música. Teníamos clientes que sabían mucho, gente muy aficionada, verdaderos melómanos, porque, claro, ahora con el shazam es muy fácil. Entonces, no. La gente que sabía de música era muy valorada. Era casi como un doctorado. Por ejemplo, uno de ellos era nuestro amigo Pedro, de la tienda de discos Vuelo a Berlín.

¿Qué era lo que más se bebía?
Cerveza. Siempre cerveza, siempre Voll-Damn. Un chico me contó una vez que él empezó a venir a Gestal porque cuando estudiaba Derecho, Carmen Alborch que era la decana, le dijo un día que si quería beber buena cerveza tenía que ir a Gestalguinos.
A finales de los setenta Gestalguinos cierra y se reforma e incluso hubo un período en los que no estuviste al frente del bar.
Reabro Gestal, después de la reforma, en el año 80. Y coinciden varias cosas a la vez: muchos gastos generados por las obras y el bar, dos niños pequeños, mi pareja rompiéndose, y decidimos irnos a vivir a l’Eliana. Gestal se lo quedan entre varias personas como Eduardo Pin o Emiliano García, que trabajaba ya allí, y que años después se quedó Casa Montaña y fue incluso concejal.
Me separo y me vengo otra vez a València con mis hijos, el bar está alquilado y con eso me da para vivir. Y es en ese período cuando conozco a quien sería mi pareja, Vicente Perpiñá. Mis padres vivían al lado de Fernando el Católico y ahí había un barecito, Las Vegas, al que bajaba a respirar un poco y despejarme cuando mis hijos se dormían. Vicente, que era Vicentón el marino, una fuerza de la Naturaleza, también iba allí. Y nos enamoramos y nos fuimos a vivir juntos.
Se acabó el contrato de alquiler de Gestal y decidí volver. Vicente, que era licenciado en náutica, piloto de la Marina Mercante, me dijo que él podía ganar mucho dinero con su trabajo. Pero eso suponía que estuviera seis meses fuera de casa. Acabábamos de conocernos prácticamente y yo con el corazón en la mano le dije «Tú te vas medio año, pero cuando vuelvas yo no sé que habrá pasado con mi vida». Él me insistió con que de algo teníamos que vivir. Yo le respondí que mientras tuviera un plato caliente en la mesa él estaba invitado. Y se quedó. Para siempre. Echando muchísimo de menos la mar que era su vocación, pero se quedó para siempre a mi lado, y con mis hijos, que entonces tenían tres y cuatro añitos.
Durante la reforma de Gestalguinos aparecieron restos de la antigua judería de València.
Gestal era una tabernita que estaba a nivel de la calle. Entrabas, tenía un techo alto y allí al fondo a mano izquierda tenía un altillo que era donde subíamos nosotros de jovencitos a hablar y a aislarnos. Cuando pensamos en reformar el local el altillo no se podía tirar y el techo no se podía subir. La única opción era bajar el suelo. Empezamos a excavar y salió una primera planta de una casa, todo escombros. Seguimos y otra planta más que apareció. Allí estaba Juan, un cliente que luego fue el catedrático de Prehistoria en la Facultad de Historia. Entonces estaban montando el primer museo de Arqueología, que estaba en la plaza de Manises, y se llevó un montón de cosas allí porque aquello era una mina.
¿Cómo fue esa segunda etapa?
Los años 80, para nosotros, fueron muy duros porque la crisis era terrible, no había trabajo, mis hijos eran pequeños y tenía que sacar la casa adelante. La gente, durante la transición empezó a moverse por otros barrios, Cánovas, Pelayo, Juan Llorens un poco más tarde… Y la zona de Tascas con el traslado de los universitarios a Blasco Ibáñez, cayó muchísimo. Era, también, una zona muy dejada. La crisis fue brutal, se empezó a notar mucho que venía menos gente, aunque siempre hemos tenido clientes muy afines que venían porque era su refugio, su lugar. Un chico me dijo una vez que Gestal imprimía carácter. Y otro que, cuando conocías a una chica, era más fácil llevarla a conocer a sus padres que llevarla a Gestalguinos.

En los años 80 irrumpió la heroína.
Yo he perdido muchos amigos porque no sabían lo que era. La heroína, al principio, fue de gente guay. Era el piquito del finde. Tuve un amigo cirujano que consumía. Se casó, tuvo un hijo y cuando el nene tenía 10 años, él y su mujer en seis meses se fueron. Eran situaciones así de dramáticas.
Al lado de Gestal había un barecito de barrio de una familia, lo que hoy en día es el casal de la falla. La mujer murió, los hijos se hicieron mayores y al señor se le fue un poquito la pinza y se juntó con una señora de extracción muy errática, por decirlo de alguna manera. La gente del barrio dejó de ir y se convirtió en refugio de traficantes de heroína. El local tenía una salida por detrás y para la gente era fácil ir a pillar sin problemas.
Los camellos se ponían en las aceras y a mí me tapaban la puerta, la ventana, todo. Hablo de veinte o treinta personas en las dos aceras. Los coches pasaban, se detenían, bajaban la ventanilla y compraban la droga. Yo llamaba a la policía y no me hacían ni caso. Estábamos desesperados. Y un día de los que llamé, en lugar de cogérmelo desde el retén que hay detrás de la Plaza del Temple, me contestaron desde el que acababan de montar en El Carmen. Vino un comisario a verme y me preguntó si dejaba que dos de sus agentes se subieran a la parte de arriba y desde la ventana observaran todo lo que ocurría. Le dije que adelante. Al día siguiente vinieron dos policías, vestidos como con un mono de faena, subieron arriba y se quedaron ahí darrere de la finestreta. Cuando bajaron, estaba un amigo haciéndose un porro en la barra y casi le da un pasmo.
No sé lo que hicieron en el bar de al lado, pero llegó Sanidad y se acabó el problema. Era inexplicable que con Capitanía y Delegación de Gobierno al lado no hicieran nada. Si es que tenían que pasar por aquí y lo tenían que ver.
Por cierto, que el comisario siguió viniendo. Se sentaba, pedía una cerveza, le pasaban un porro y él «no, no, gracias». Le insistían pensando que no se atrevía y el otro que no, que no.
Gestalguinos siempre tuvo una agenda cultural potente. Allí nació, por ejemplo, el Día de la Foto.
¿Qué no habremos hecho en Gestal? Hasta montamos una cocina al fondo donde hacíamos harira árabe. Si hasta se celebró allí un congreso de psiquiatría.
Lo de la fotografía lo empezó Mateo Gamón, que vivía en la misma calle de Gestal, y se hizo muy amigo de Vicente. Como siempre pasaba, entró, le gustó el ambiente y vio que era propicio para montar algo. La parte de arriba estaba vacía y decidieron hacer una exposición, y acabó convertida en una sala estable. Y más adelante, en 1992, nació el Día de la Foto, una propuesta muy interesante que aunaba a gente de la fotografía y de Bellas Artes.
El Día de la Foto se hacía por barrios y siempre era un éxito. El dinero que aportaba la Generalitat, dos millones de pesetas, como la gente venía sin cobrar, se utilizaba para hacer un magnífico catálogo. Era un día maravilloso, con fotógrafos de toda Europa, todo el mundo con sus cámaras. A mí me han hecho fotos que no he visto ni veré nunca.
Cada hora había una una inauguración con sus vinitos y a mediodía teníamos venta de bocadillos en la plaza del Carmen. Era muy divertido, veías a mogollón de gente por la calle, yendo en procesión de un sitio a otro. Los fotógrafos más prestigiosos exponían en galerías, pero luego se mostraban obras, también, en bares, restaurantes, calles, solares. Hubo un año que fue muy entrañable porque se realizó en el barrio chino y una de las exposiciones fue en casa de una prostituta vieja, la mujer estaba emocionadísima.
En la Magnum hay una foto del año 96 en la que se ve la calle desde dentro de Gestal, a través de la ventana. Estoy yo que soy una sombra porque es un contraluz y fuera estaban Latino y otros dos músicos tocando.
Otro pilar de Gestalguinos ha sido (y es) el ajedrez.
En Gestal siempre se ha jugado al ajedrez. En la barra tenía cuatro tableros. Empezaron a venir y a quedar allí de algún club. La gente de los clubes de ajedrez no se visitaban unos a otros y en el bar se podían relacionar bien. Fueron apareciendo los mejores de València y aquello fue como un efecto llamada. Había un club, Alekhine, muy potente entonces y venían casi todos. También del Basilio, del Marítimo… O Rafa Marí, que antes de escribir en Las Provincias había sido campeón de València.
Allí se han celebrado torneos que me han dicho que había más elo en Gestal que en toda la Comunidad Valenciana. A mí me llenaba de orgullo el hecho de poder relacionarme con ellos de tú a tú. Me costó porque el el mundo del ajedrez era muy misógino. Afortunadamente ahora ha cambiado, en parte porque ahora se enseña en los colegios.

También el flamenco encontró su lugar en Gestalguinos.
La jam de flamenco la tuvimos más de seis años. Vinieron, comprobaron que la sonoridad era muy buena porque como es madera arriba y abajo no hay rebote de sonido y nos la ofrecieron. Pero aquello murió de éxito. Venía tanta gente que empezaron a quejarse los vecinos y la policía empezó a perseguirnos.
Me acuerdo que un día vino un señor de Sevilla, muy elegante, y me dijo que se quedaría en Gestal toda la noche hasta el día siguiente porque aquello, lo de la jam, no existía en Sevilla, ni en Madrid, que todo era más serio, tablaos donde actuaba la gente, pero no tan vital, tan espontáneo, tan de participación, como lo de aquí, que no tenía precio lo que hacíamos.
Volviendo al relato cronológico de Gestalguinos nos habíamos quedado en los ochenta, se supera la crisis y entramos en los noventa.
Cuando mis hijos aún eran pequeños, Vicente y yo empezamos a trabajar un día cada uno. Porque hasta entonces yo me iba a trabajar a las cinco que era cuando ellos volvían del cole, y no los veía. Cuando ya crecieron y llegaron a la adolescencia, ya no me necesitaban todo el día en casa. Como, además tenía dos tardes libres a la semana, decidí matricularme en la universidad. Cursos normativos no podía hacer ni por horario ni por tiempo. Así que hice medios cursos, estuve diez años y me licencié en Historia. Entré en la facultad en 1995. De ese año al 2005 fue una época fantástica para mí.
Luego hice el primer curso de doctorado de Filosofía pensando seguir, pero mi madre cayó enferma. Durante dos años estuvimos atendiéndola y cuando estuvo en una residencia estable, decidí retomar los estudios. Pero entonces me pregunté que para qué quería los doctorados, si yo lo que realmente quería era hacer Filosofía para aprender a leer. Porque cuando estaba haciendo Historia cogí la Fenomenología y recuerdo que no entendía nada. Así que al final me matriculé en primero de Filosofía.
No estudiaba porque tuviera un proyecto de algo. Cuando terminé Historia hice el CAP porque gracias a una troncal me convalidó la teoría y las prácticas. La gente pensaba que quería prepararme unas oposiciones. A mí los niños me encantaban, y me encantan, pero en un instituto no entro a dar clase. En Gestal acababas conociendo el percal de todo porque la gente te lo cuenta. Y yo no estaba dispuesta a pegarme con nadie, ni a discutir en reuniones, con profesores, padres, el director, con nadie. Yo ya tenía mi trabajo y estaba encantada.
¿Cómo fue la experiencia de ir a la universidad?
Para mí fue un reto. Yo era bastante conocida en València y en la facultad no me conocía prácticamente nadie. Podía haber ido a la UNED, pero sabía que en casa no iba a aprobar nunca nada.
¿Tus compañeros de facultad sabían que tenías un bar?
No, era muy reacia a contarlo. Porque si lo hacía me daba la sensación de que estaba queriendo hacer clientela. Y eso no me gustaba. Lo que sí ocurría es que entraba gente y al verme me preguntaba que qué hacía allí.
De hecho, me pasó una anécdota muy graciosa. Juanma Pastor, que ahora es el cantante y más cosas de Johnny B. Zero, venía desde siempre a Gestal, su madre además vivía en la misma calle. Se fue cuatro años a Austria y cuando volvió, un día hablando con él, me contó que antes de irse tocaba en el Black Note y que en Austria también había tenido un grupo, pero que había regresado a València y no tenía nada. Tenía mono de tocar y me preguntó si podía hacer allí un conciertito. Le dije que por supuesto. Lo programamos y la misma tarde del concierto me dijo que teníamos que suspenderlo, que se había dejado el equipo en el coche, se lo habían abierto y le habían robado todo. Solo tenía la guitarra, ni bafles, ni pedales…estaba desesperado. Al final llamó a un amigo que tenía un grupo y le dejaron el equipo. Cuando llegó la furgoneta con el equipo, se abrieron las puertas y … bajaron unos amigos míos de la universidad, que no iban a mi clase pero comíamos juntos los días que yo iba. «Paca, qué guay, ¿tú también vienes al concierto?», me preguntaron. «Sí, sí, exactamente eso. Vengo al concierto», les contesté. Por cierto, como Juanma no tenía grupo, ellos lo fueron ese día. Ahí estaban Nando, Julio… que luego decidieron seguir tocando juntos.
En 2008 llega la crisis económica.
Veníamos de una época de estabilidad, de trabajo, que te hacía pensar que ya estaba, que todo iba a ir bien, pero nunca está todo. Esto es así. La crisis de 2008 fue demoledora para todo el mundo, para nosotros también. Pero nada comparado con la pandemia unos años después.
El 14 de marzo del 2020 cerramos, me acuerdo que era jueves. El lunes siguiente nos fuimos al hospital, porque mi marido, Vicente, tenía cita para una revisión porque le iban en a operar de una hernia umbilical. Él ya tenía parkinson y yo llevaba unos años haciéndome cada vez más cargo del trabajo. Pero ese día, le diagnosticaron un cáncer de pulmón. El médico me cogió aparte, me metió en una habitación y me dijo que no se podía operar, solo paliar el dolor. Le pregunté cuanto tiempo le quedaba y me dijo que entre uno y seis meses.
De neumología se lo llevaron a oncología para hacerle pruebas. Aquella semana iba en el autobús sola ,con guantes, con mascarilla. No me podía quedar en el hospital a comer porque estaba todo cerrado. No podía ni comprar unas rosquilletas. A la semana nos fuimos a casa y allí estuvo un mes. El 20 de abril murió y me quedé sola y confinada. Menuda experiencia. No pude hacer sepelio, nada.
Fui unos días a casa de mi hijo, luego otros a casa de mi hermana. Ellos me decían que saliera pero yo les explicaba que si recién fallecido salía de casa me iba a ser imposible volver a entrar sabiendo que él no estaba.
Empezaron a dejar abrir los locales, pero cerrando a las seis de la tarde. Yo abría a las siete y no tenía comida ¿quién iba querer venir a Gestal? Fue todo muy complicado. Jano, mi hijo, me echó un cable, pero me dijo que él no iba a hacer del bar su vida. Yo cumplía 69 y le dije que se acababa Gestal, que cerraba. Era el 1 de junio de 2022 y me preguntó que cuando quería hacerlo, si en Navidad. Quiero cerrar ya, le contesté. y anuncié en redes que el 30 de junio sería el último día. Cuando se supo, aquello fue…La gente acudió al bar, me hicieron un montón de entrevistas…
Y Javo (Martínez), que era cliente del bar y había estudiado Filosofía conmigo, me preguntó si le dejaba intentarlo a él. Le dije que por supuesto.
De pronto, me encontré jubilada y al poco tiempo me detectaron un cáncer de mama. Como las quimios son tan destructivas y endurecen tanto los vasos, un año después tuve dos microictus. Me han tenido que poner unos stents en las carótidas. En fin, que llevo dos años y pico muy pendiente de la salud, ahora estoy bien, todo va saliendo perfecto, pero la quimio y la radio te dejan muy cansada.

¿Has vuelto a Gestalguinos?
Sí, pero no mucho, porque me daba la sensación de que Javo podía pensar que me iba a posicionar como la dueña. Esto lo he visto mucho, lo de ir a un bar que era tuyo con dos amigos y no pagar nadie. No soy así. Si voy a Gestal, me ponen una botellita de agua y eso es todo lo que me tomo, porque sé que no me van a cobrar. También es cierto que ahora tengo otros horarios. Como a la una, ceno a las ocho, me voy a la cama a las once y media y me levanto entre las seis y las siete. Y me encanta. Pero, entonces, ¿cuándo voy a ir? Me paso por allí, sobre todo, cuando juegan al ajedrez, que empiezan a las cinco. Voy un ratito, los veo, los saludo, pero cada vez conozco menos gente. A pesar de todo, siempre que voy me dicen que alguien ha preguntado por mí. Allí hay, por cierto, una foto de Vicente y otra mía. Ellos tienen una línea muy continuista. Con lo cual yo llego allí y la verdad es que me siento muy acogida, muy en mi casa.
¿Qué destacarías de todos los años que estuviste al frente de Gestalguinos?
En Gestal hubo siempre una constante que fue el respeto. Nunca hubo peleas o situaciones de violencia. Se juntó gente de diferentes edades, ideologías, estilos y todo el mundo hablaba con todo el mundo. Eso es algo que me llena de orgullo.
Muchas conversaciones también, ¿no?
Hubo momentos en que llevé cuatro conversaciones al mismo tiempo, con este, con aquel, con el que entraba por señas…La barra se llenaba de gente hasta la pared y todo el mundo me hablaba. A nivel intelectual era muy muy gratificante. Y mucha gente venía a hablar conmigo directamente, de sus cosas, de su trabajo, de su novia, de su partida de ajedrez…
Esa experiencia sería casi como un máster en Psicología.
La gente es un paisaje, porque aunque tú no oigas o no mires intencionadamente, no dejas de ver y ves cómo se mueven, cómo gesticulan, cómo se relacionan. Un día te das cuenta de que sabes muchas más cosas de las que tú creías saber. Cada día venía alguien con una historia personal. Y en todo esto es muy importante algo que mencionaba antes, el respeto, es fundamental, no tocar la dignidad del otro bajo ningún concepto.
Para mí cada persona que se me ponía delante era única. Y así la miraba, sin acumular juicios sobre ella. No me quedaba solo con lo que me decían, me hacía una composición de lugar sobre quién era, de dónde venía, cómo había amado y le habían desamado… todo eso se percibe. Y solo así podía entender lo que me estaba diciendo, de qué se estaba doliendo. Muchas veces me preguntaban si había estudiado Psicología. No, pero me resultaba tan natural todo esto. Es muy fácil tener la buena voluntad suficiente para mirar al otro como alguien que se está doliendo de algo que nadie más puede entender. Esto para mí ha sido muy importante. Yo creo que ha sido mi leit motiv.

¿Ese vínculo que se establecía con la gente iba más allá de la simple relación con clientes de un bar?
Totalmente. Hay una generación que tienen ahora en torno a los 50 años, con los que he vivido de todo: cuando entraron en la universidad, el Erasmus llamándome por teléfono, las novias, el trabajo, la independencia de sus padres, todo, hasta hoy. Incluso me han traído a sus hijos. El día de Navidad no abría y empecé a hacerlo solo para ellos, para verles, porque muchos se habían ido a vivir fuera con la crisis, y para estar con sus niños. Eran muchos y en la puerta de Gestal se acumulaban siete u ocho carritos de bebés aparcados. Y la relación aún perdura, me siguen llamando e invitando a cenar a su casa, seguimos quedando para jugar al dominó. Por allí pasaron generaciones y generaciones. Más de una vez venía alguien joven y me decía: «Ay, Paca, le comenté a mi padre que había estado en Gestal, y me dio recuerdos para ti»..
¿Visitaba Gestalguinos gente conocida?
Por allí pasó muchísima gente, yo podría tener autógrafos, fotografías… Pero no le daba importancia. Por decir algunos nombres, no sé, Carmen Alborch, Pérez Casado, Tomás March que venía muchísimo porque vivía allí al lado. O Moncho Borrajo. Nos partíamos de risa los dos. Hacíamos unos duetos antes de que se fuera a Madrid, que me decía, «Esto vale más que todo lo que yo hago. Si lo pudiéramos grabar sería maravilloso». Igual reíamos que llorábamos porque él era gallego, hijo de sastre como yo, y aquello dio para mucho.
Pero, entonces, ¿no has sido nunca mitómana?
Solo he tenido un autógrafo en toda mi vida. Cuando me enteré, un año, que el director de cine Costa-Gavras visitaba el Festival de San Sebastián, le pedí a un amigo periodista que me lo consiguiera. Aprovechando una foto que salía en el periódico, se la hicieron firmar y me la trajo, la enmarqué y allí estaba colgada en Gestal.
¿Has tenido alguna vez la tentación de hacer balance de tu vida?
Un día estaba en Gestalt, miré a mi alrededor y pensé «cariño, tú ya vas en pendiente. ¿Y esto era todo? Pues vaya mierda. Que has fet? No has fet res. ¿Qué dejas?». Hace muchos años, recogiendo el escritorio de mi abuela cuando falleció, abrí un cajón y me encontré una foto y nadie sabía quién era. Pues eso somos. Una foto encontrada que nadie recuerda quién fue.
Piensas en tu niñez y parece otro mundo. Pero luego piensas en la vida y te das cuenta que es un soplo. En cada momento estamos eligiendo, pero también somos lo que no elegimos. Todo aquello a lo que renunciamos. Esto también forma parte de mí. Es más, si no fuese así, la libertad no existiría. Y claro, esto te hace plantearte quién eres, a qué has renunciado… para hacer una revisión vital.
Un amigo, muy amigo me dijo una vez que yo había vivido como había querido. Y me gustó mucho. No he tenido que mentir, he dormido muy bien, he tenido tiempo para mí, no he debido nada, mi tiempo laboral fue muy rico a todos los niveles, de música, de charlas…
Un día, una chica que era un poco tocapelotas y tenía una pizzería en Cánovas, me dijo que si tuviera que contratar a una camarera nunca en la vida me contrataría a mí. Obvio, le dije, porque yo no soy camarera, no he cogido una bandeja en mi vida. Yo estaba en la barra, pero poner cervezas era el pretexto. Yo me lo he pasado muy bien en mi trabajo, he podido ser lo que he querido, incluso muy seductora, y siempre tratando a la gente desde mi mejor intención y mi mayor empatía.
En una ocasión dijiste que podías hacer la narración de tu biografía a través de una sucesión de lugares ya desaparecidos de València. ¿Te animas?
Un sitio emblemático que adoro es el Mercado Central. Pero hay una cosa que intento combatir porque es un sentimiento que no sé si me hace bien. Entro en el mercado, veo a la gente cómo habla del sitio y siento como que es algo mío propio que me están restando.
Otros lugares de mi biografía serían las calles alrededor de Gestal. Estaba el cine Xerea, la hamburguesería Cómic, el Carnaby, todas las tascas de la calle Nuestra Señora de las Nieves… había mucho ambiente por la calle. En los años 80, los fines de semana, no podías andar de la gente que había, era explosivo.
Sin olvidar todos los cines y cinefórums a los que fui o sitios emblemáticos como La Nau, Bellas Artes… O la Avenida Blasco Ibáñez. Fueron muchos años, cuando iba a la facultad, de trasegarla. La he conocido en todas las estaciones del año, sus árboles, cuando florece la jacaranda, cuando le caen las hojas a los plátanos…
Como no tengo carnet de conducir, para mí València es la primera circunvalación. Si salgo de ahí me pierdo. Pero, bueno, yo es que me pierdo en el pasillo de mi casa.

Agradecimientos: Pilar Almenar, Varuna Brull, Francisco Gómez.



