Miembos del Cuerpo de Vigilantes Nocturnos. Imagen de la revista Umbral.

El pito del sereno, ese que en la popular expresión nadie se toma en serio, salvó muchas vidas en València durante la guerra civil. Doscientos cincuenta y cinco agentes que componían el Cuerpo de Vigilantes Nocturnos de la ciudad (en el verano de 1937) lo utilizaban para avisar a la población de la llegada de aviones fascistas.

Estos vigilantes de la noche valenciana, distribuidos en diez distritos, procedían del cuerpo de serenos. Curiosamente fue València, ciudad pionera (en el siglo XVIII) en incorporarlos. De aquella figura poco quedaba. Ya no llevaban llaves encima y no tenían sueldo, vivían de las gratificaciones voluntarias de los vecinos. Se lo contaba Vicente, que trabajaba en la calle Murillo, al periodista Jaime Espinar, en la revista Umbral.

«Soy el más modesto de los soldados. Mi arma es el silbato», explicaba orgulloso Vicente. Cuando el enemigo se acercaba surcando los cielos, pitaba con toda la vehemencia que podía. Lo hacía con el anhelo de que sus amigos, y los vecinos, se enteraran del peligro que corrían, especialmente los de los pisos más altos.

Un trabajo que podía parecer sencillo, pero que se cobraba vidas. Como la de Vicente Mateo, sereno de Cuarte, Extramuros, o la de Gaspar Gregori (vigilante en la Avenida 14 de Abril) asesinado ametrallado. Sin embargo, Vicente afirmaba que no tenía miedo, que lo había olvidado, incluso él mismo se preguntaba por qué. Solo una vez le recorrió un escalofrío por todo el cuerpo. Fue cuando se enteró que los aviones fascistas (los llamados pacos) habían bombardeado su casa («cual si quisieran vengarse por la guerra que les hago desde aquí abajo») destruyéndola por completo. Afortunadamente, su mujer, hijos y nietos, habían podido salir de ella y ponerse a salvo.

Lo que sí le preocupaba al sereno eran las condiciones laborales que sufrían. Ganaban de media doce duros, pero siempre fruto de la propina de los demás. Reclamaban que el Ayuntamiento les reconociera como funcionarios municipales y les asignara un sueldo. Pero, mientras llegaba ese día, no iban a dejar de hacer su trabajo, pitar los silbatos cuando el enemigo se acercara, porque lo primero era ganar la guerra y asegurar una revolución que les trajera una vida mejor en una sociedad nueva.