
El Rastro de València tendría que ser un signo de identidad de la ciudad y es un islote apartado con perfil de patio de cárcel. Una explanada sin sombras, a las afueras, en la que cuando el calor aprieta se corre el riesgo de caerse desplomado. Situado en un parque, el de Amelia Chiner, que los domingos y festivos en que se instala el Mercat Vell abandona su otra función. Un McDonald’s enfrente es la única oferta para tomar algo. A solo unos metros está el tanatorio. Imposible no establecer una lectura paralela entre ambos.
Pero no siempre fue así, aunque la sensación de dejadez municipal hacia él sí. Antes estuvo, por ejemplo, en la plaza de Nápoles y Sicilia, después en el parking del Antiguo Hospital (hoy MuVIM) y más tarde al lado del campo del Valencia C.F. Pero si hay una voz autorizada para contar el Rastro en estas últimas décadas es Alberto Maeso Manzano. Y, de hecho, lo hizo en el libro ¡Que llueva en domingo no hay derecho!, coordinado por Juanvi Martínez Escrig, y recuperado en 2022 por Osadía Ediciones (diez años después de una primera versión de corta tirada).
Maeso narra su historia como vendedor en el Rastro. Pero lejos de ser una biografía centrada en él, traza una panorámica del mercado (y por extensión de València). Es como un tour por las entrañas de las distintas paradas del mismo. De los vendedores y de los clientes. De la mercancía y de su origen. Historias que se hubieran perdido de no haberse reunido en este libro.
El autor comparte éxitos (un Manolo Valdés, una moneda de Alfonso VIII) y decepciones, nos lleva al bar de Chimo, nos presenta (entre otros muchos) a Cachocable (uno de los vendedores más veteranos), al Tutti Barati (bautizado así por lo que gritaba con voz de barítono desde su puesto), a compradores como Pichadulce o El Poeta Negro, «empalagoso regateando» (y artista y manager de otros como el Mago Mai Roller, con los que viajaba en una furgoneta Ebro y animaba cumpleaños, bautizos y comuniones) o personajes como El Maestro Ricardo, pianista de conservatorio que rebuscaba objetos pequeños por los contenedores y cuya vida merecería su propio libro.
Es un relato que no se circunscribe solo al mismo Rastro sino que deambula también por otros barrios. Es al mismo tiempo una guía para entender mejor ese Mercat Vell, con desmentidos relevantes incluidos («Se mantiene en la falsa creencia de que la apariencia influye en el precio: cuanto más elegante acudes al rastro, más alta es la cifra que te demandan») y consejos varios. En definitiva, es un paseo por otra cara de la ciudad que pocas veces tiene protagonismo.

