
El Mercado Central y los gitanos de la Malvarrosa. Esas dos series de fotografías componían la València sin maquillar que Josep Vicent Monzó (València, 1950) expuso en la galería Tretze, en 1979. Documentos de una época que ya no existe, pero que queda inventariada gracias a esas imágenes. Un registro plasmado en unas impecables fotografías ante las que resulta imposible no quedar hipnotizado. Esta es su historia:
Josep Vicent Monzó trabajaba en una empresa multinacional de electromedicina cuando fue despedido, en 1975, “por ser de izquierdas”. Les denunció y fue indemnizado. Con ese dinero, cerrando el círculo, se marchó, con una cámara, de viaje a la URSS. Durante veintidós días la recorrió en autobús. Volvió con un montón de fotografías que desmontaban los tópicos del comunismo y los comunistas (en algunos casos delirantes) que se tenían en España.
La fotografía asomaba entonces, tímidamente, en su curriculum, ajena a la importancia que tendría en el futuro en su vida, profesional y personal. Monzó, y esto es solo un apunte de su trayectoria, trabajó como fotógrafo de prensa (cubriendo desde la boda de Kempes hasta la retirada de la estatua de Franco de la actual Plaza del Ayuntamiento), regentó el Mezcal (un bar al lado del Cineclub Xerea “en el que hice fotografías a músicos de jazz que nunca enseñaré porque son muy fuertes”), impulsó la Galería Visor, comisarió, entre otras muchas, exposiciones imprescindibles sobre Renau o Cualladó (de los que, además, llegó a ser buen amigo), colaboró en el inicio del proyecto del IVAM, llegando a ser Conservador de Fotografía del museo hasta su jubilación. Historias que habrá que contar en otro momento.

Finales de 1977. En el paro, pero con un libro de fotografías de la URSS. Así se encontraba Monzó cuando la casualidad se cruzó en su camino. “Una amiga de mi madre, que tenía alquilado un piso a Amadeu Fabregat, y sabía que yo buscaba trabajo, le contó que se presentaba el número cero de una nueva revista, por si quería preguntar si necesitaban gente”. La revista era Valencia Semanal, editada por Publicaciones Valencianas, de la que, precisamente, Fabregat era director.
Josep Vicent acudió a la puesta de largo del nuevo magazine y se fue de allí contratado. Influyó que el responsable de fotografía, José Luis Forteza (sí, algún día tendrá su artículo en Carambal), se hubiera roto un brazo. Pero, también, la buena impresión que causaron las instantáneas de su viaje por tierras soviéticas.

Su primer trabajo en Valencia Semanal fueron las fotografías que acompañaban a una entrevista de Albert Climent a Francisco de Paula Burguera, diputado de UCD y uno de los fundadores del Partido Demócrata Liberal del País Valenciano. “Le pedí consejo a Jarque y me dijo que hiciera tres fotos, primeros planos y medio plano, que con eso valía”. En el número 8 de la revista (29 enero-5 febrero, 1978) aparecieron.
Aquello fue el inicio de una estrecha colaboración en la que Monzó “cubría todos los aspectos de la actualidad, tanto políticos como culturales”. Así, firmó fotos para reportajes sobre la extrema derecha, el Tribunal de las Aguas, el rollo valenciano, un gimnasio de boxeo o la puesta de largo del Consell, al mismo tiempo que para entrevistas a una fallera mayor, a Renau, a Beatriu Civera, a Serrat o Juan Marsé. También juntó una buena colección (que tendría otro buen artículo) de lugares (bares, pubs, galerías, librerías…) de la València de entonces, al encargarse de la Agenda de la publicación.

Valencia Semanal fue una revista de la transición, muy valiente, que plantó cara (y desenmascaró) a los violentos nostálgicos de la dictadura franquista que querían imponer su ley en la calle. Josep Vicent fotografió (infiltrándose en actos, en alguna ocasión) a algunos de ellos. “Claro que pasabas miedo, acojonaba mucho. Y no solo cuando hacías las fotos, también después de que se publicaran. Yo vivía entonces en la Avenida de Burjassot y en una reunión de vecinos se me acercó un hombre, muy amable y educado, y me contó que habían detectado que me estaban siguiendo. ¡Mi vecino era policía secreta! Me dijo que había ido gente preguntando por mí y que les había dicho que allí no vivía”.

Al tiempo que trabajaba en Valencia Semanal (“donde siempre reivindiqué mi espacio y que me firmaran las fotos”), Monzó seguía haciendo fotografías. Por ejemplo, las de los gitanos de la Malvarrosa y las del Mercado Central que acabaron formando dupla, en enero de 1979, en la exposición de la Sala Tretze. “Fue la primera galería en València que empezó a exponer fotografía, expuso a Ana Teresa Ortega, a Fontcuberta…. Estaba en la calle San Cristobal, 13, en una travesía de la calle del Mar”.
Gitanos en la Malvarrosa y el Mercado Central son dos temas que, aparentemente, no guardan ninguna relación, pero que acabaron unidos por la singular mirada del fotógrafo. “Yo creo que la fotografía sirve para captar aspectos del comportamiento humano, para definir a las personas. En fin, que la fotografía es para mí un documento social”, le contaba Monzó al periodista Julián Torres en una entrevista sobre la exposición (cuyo titular hemos tomado prestado para este artículo) publicada en el número 55 de Valencia Semanal.

Ámsterdam – La Malvarrosa
El origen de las fotografías de los gitanos de la Malvarrosa hay que buscarlo a casi dos mil kilómetros de distancia. “Cuando trabajaba en el sector de la electromedicina me pagaban viajes al extranjero para visitar fábricas donde me explicaban los pormenores de los aparatos. En uno de ellos a Ámsterdam, aproveché para ver una exposición del fotógrafo Josef Koudelka. Me llamó mucho la atención el tema de los gitanos en la misma y me prometí que yo tenía que hacer eso en València”.
Y, de nuevo, la casualidad se cruzó en su camino. O más bien un carro. “Estaba un día haciendo un reportaje sobre el final del río Turia, en unas lagunas que hay, y pasó un gitano en un carro y me gritó que no hiciera esas fotos de mierda y se la hiciera a él. Le obedecí y me pidió una copia”. Mónzó le dijo que dónde se la llevaba. “Vienes a Nazaret y preguntas por Miguel”.
Una semana después decidió llevársela. “Menudo susto que pasé. Cuando llegué a Nazaret, le enseñé la foto a un hombre y le pregunté si sabía dónde podía encontrar a Miguel. Me puso una navaja en el cuello y me dijo que íbamos a ver si Miguel me quería ver. Miguel se acordaba de mí y se puso muy contento. Era la primera vez que alguien le había hecho una foto y había cumplido su palabra de entregársela”.

En aquella visita, Monzó conoció a Antonio Olmo, de la Asociación Gitana de València, que estaba haciendo una labor de trabajo social con los gitanos de la zona. Olmo fue como su salvoconducto y quien le introdujo en las viviendas ocupadas de La Papelera, una antigua fábrica abandonada en ruinas, en la playa de la Malvarrosa. “Durante varios meses estuve yendo, sin cámara, a ayudar en lo que podía. Hasta que alguien me preguntó de qué trabajaba. Al decirles que era fotógrafo me dijeron que o iba al día siguiente con la cámara o que no volviera”. A partir de entonces empezó a hacer fotos, “muchas de ellas, por cierto, en lo que era el chalet de Blasco Ibáñez, que estaba totalmente abandonado”.

No había una rutina establecida. Monzó iba un par de días por semana, sin avisar porque no tenían teléfono. “Me había ganado su confianza, para ellos era como un amigo y tenía acceso a su vida cotidiana. Me abrían las puertas de su casa y nunca me pusieron ningún problema con las fotografías. Me pedían siempre, eso sí, que les llevara una copia. Así que las revelaba por la noche y se las entregaba la siguiente vez que iba”.
Josep Vicent les invitó a la inauguración de la exposición. “Vinieron muchos. Primero entró el patriarca y una vez comprobó que las fotografías eran respetuosas y un fiel reflejo de su realidad, golpeó varias veces en el suelo con su gayato, y les dijo que podían entrar, eso sí comportándose y sin armar jaleo. La verdad es que fue emocionante, para ellos y para mí.”.
Diez años después, en 1989, Monzó comisarió en el IVAM una exposición de Koudelka (todo lo que la rodeó antes y después también merecería un artículo aparte). Los dos fotógrafos se hicieron amigos y Josep Vicent tuvo la oportunidad de mostrarle su serie sobre los gitanos a quien se la había inspirado. ¿Le gustaron las fotos? “Sí, mucho”.

Fotografiar lo que mejor se conoce
Si el germen de la serie sobre los gitanos surgió a miles de kilómetros, la del Mercado Central todo lo contrario. Hay una frase que a Monzó le gusta repetir, y que incluso utilizaba en los talleres que impartía: Uno tiene que fotografiar lo que mejor conoce. Y el Mercado no tenía ningún secreto para él.
Sus padres tenían una parada de casquería en el Central bautizada con el nombre de ella, Carmen. Su hermano Manolo se independizó de la misma y abrió otra con su mujer Isabel, Despojos Monzó. Josep Vicent creció en el mercado, los veranos echaba una mano detrás del mostrador y se encargaba, también, del intercambio. “Mi padre me decía: llévale dos cortadas de hígado a Pepet y que te dé un cuarto de gambas. Me conocía a todos los vendedores”.

Sus fotos del Mercado Central son una maravilla. Por lo que cuenta y cómo lo cuenta. De nuevo, la confianza jugó un papel importante, aunque en esta ocasión ya la tenía ganada. “Eso me facilitó el trabajo, aunque también me saludaban e interactuaban mucho. Al final les tenía que decir que actuaran con normalidad”.
Las fotografías del Central las hizo “en tres o cuatro días, incluido el de Nochebuena”. Para Monzó es uno de sus trabajos preferidos “y uno de los más importantes”. Lo único que lamenta es que no aparezca su padre, que se encontraba enfermo.

Precisamente, una de las razones de la serie era rendir un homenaje a sus progenitores. Otra era “documentar lo que ocurría en el Mercado. Los vendedores, la gente, la comida, los palcos primitivos, el ambiente, plasmar algunas paradas que quedaban aún antiguas, muy pocas porque ya habían sido reformadas casi todas en los años 60”. Resulta incomprensible que esas imágenes no hayan tenido mayor difusión.
Algunas de las fotografías del Mercado Central, junto a otras del viaje a la URSS, se habían expuesto, un año antes que en Tretze, en Gent, el bar que regentaba Moncho Borrajo, cerca de la Gran Vía Fernando el Católico. El propio Moncho, le dijo un día que un señor había comprado una por 5.000 pesetas. “Varios años después, cuando ya estaba trabajando en el IVAM, me encargué de catalogar la colección fotográfica de Cualladó … y apareció la foto. Fue él quien la compró”.

Ni las fotos de los gitanos de La Malvarrosa ni las del Mercado Central fueron publicadas en Valencia Semanal, ni ningún otro medio. No interesaban a pesar de que reflejaban sendas realidades de la ciudad. Tampoco, después, tuvieron su protagonismo. “Tanto en Visor, como después en el IVAM, me dediqué a difundir antes la obra de otros fotógrafos que la mía”. Ojalá se corrija pronto. Sería una pena que permaneciera oculta parte de la historia, la memoria y el patrimonio de València. ¿Se publicarán sendos libros con estas fotografías? “Sí, antes o después, pero los veremos”.






