
La máquina del tiempo de Carambal es una excusa para recordar lugares de la València del siglo XX que ya no existen, de la mano de gente a la que admiramos. Hoy se sube a ella una compañera de profesión:
Me llamo Clara Sáez y soy periodista. Durante muchos años me he dedicado a la comunicación cultural desde diferentes flancos y he tenido ocasión de conocer el trabajo de mucha gente interesante, que, al final, de eso se trata. Mi cachorro editorial es la revista Flat Magazine, donde se habla de arquitectura, diseño, arte y ciudad. Soy también el 50% de la agencia Benvinguda, desde donde asesoro profesionalmente, junto a mi socio Vicent Molins, a arquitectxs y diseñadorxs que quieren contar mejor sus proyectos. Colaboro habitualmente con la editorial Festiu, comandada por Diego Obiol, en lanzar artefactos en papel que reparten alegría analógica y calidad a mansalva.

La sala València Cinema, en la calle Quart, se construyó en 1933 bajo la dirección del arquitecto Joaquín Rieta Síster, autor también de los cines Capitol y Tyris. Cabían más de setecientas personas y, con la irrupción del cine sonoro, pronto se convertiría en un cine de sesión continua con películas de reestreno. Tras la guerra, el local volvió a ser teatro, para cambiar después otra vez a cine. Ubicado cerca del Teatro Princesa, fueron dos de los locales culturales más vivos del centro histórico. Ninguno de los cuatro cines mencionados existe ya.
En 1975, el Teatro València Cinema reabrió, impulsado por la sociedad Studio SA, ofreciendo cine-club de películas, sobre todo procedentes del este de Europa, conferencias, conciertos de canción protesta, y teatro, claro. También fue sala de la Filmoteca de la Generalitat entre 1979 y 1984. Allí actuaron Els Joglars, Dagoll-Dagom, Tricicle o Comediants en una época difícil para casi todo, también para el deslenguado teatro independiente (o «de estudio»). Franco había muerto, pero el régimen todavía no. Buena muestra de ello fue el asunto Teledeum.
La representación de la obra, «una comedia de sotanas y casullas» de Els Joglars, llegó al teatro tras haber recorrido el país e, incluso, haber sido representada en Nueva York. Pero solo su paso por el València Cinema en 1985 provocó la movilización de los rescoldos de la extrema derecha, con querella incluida por parte de Fuerza Nueva, y culminó con un cinematográfico tiroteo contra los cristales de la puerta de la sala que, afortunadamente, no causó víctimas. La efervescencia cultural naciente, a cuenta de las ganas de libertad de expresión, se abría paso poco a poco pese a las resistencias de los sectores más rancios.
Mi relación con ese sitio se remonta a unos años después. Yo pasaba con frecuencia por la puerta del València Cinema porque mi abuela vivía justo en el edificio contiguo. Siempre me asomaba al vestíbulo del teatro hasta donde me dejaban. A la altura de la puerta colocaban grandes pancartas, tan ochenteras, de acera a acera para anunciar la obra en cartel. Eran, como las torres al fondo, parte del paisaje urbano de la calle Quart.
La actuación de Pepe Rubianes que vi allí voló mi cabeza de dieciséis años. Me reí más que nunca en un teatro. Rubianes fue un clásico de la sala hasta que la cerraron en 1991 por deficiencias en la estructura del edificio. A mí me pilló adolescente y solo vi su último show en el València Cinema. En lo sucesivo, el actor se instalaría en el Teatro Olympia cada vez que visitaba la ciudad con sus monólogos. Lo llenaba siempre.
La foto que acompaña a este texto es de unos años aún más tarde, en el Café Negrito (su otra casa), después de una de aquellas actuaciones con la obra Rubianes, solamente, en el Olympia. Tuve ocasión de conocerle, por casualidad, a través de un amigo común y puedo jurar que las paellas en La Rosa y los ratos en El Negrito que vinieron después fueron incluso más divertidos que sus monólogos en el escenario. Que ya es. Generoso y verborreico, él en sí mismo era todo un espectáculo.
Gracias, Rubianes, por tantas risas. Gracias, Flaco, por la foto. Gracias, Rafa, por trasladarme a aquellos años a cuenta de los espacios desaparecidos.




