José Soler Dasí en L’Albufera. Fotografía publicada en La Semana Gráfica sin acreditar.

Es el primer personaje que aparece en Cañas y barro. En el segundo párrafo de la novela, escribe Blasco Ibáñez: «El barquero, un hombrecillo enjuto, con una oreja amputada, iba de puerta en puerta recibiendo encargos para Valencia…». Una ficción que no lo era tanto. El escritor valenciano se inspiró más en la realidad que en su imaginación para crearlo. Detrás de ese hombre mutilado, que transportaba gente y bultos en su embarcación, se encontraba alguien de carne y hueso: José Soler Dasí.

José Soler, al que sus vecinos llamaban Tío Michaorella, era natural de El Palmar, aunque vivía en El Saler. Cuando el periodista (también dramaturgo, comediante y poeta) Alfredo Sendín Galiana lo entrevistó para La Semana Gráfica, en agosto de 1930, lo describió (como en su día lo hizo Blasco Ibáñez) como pequeño y enjuto. También añadió «corto de palabras» y explicó que en las respuestas le auxiliaba su segunda esposa, Visanteta, con la que había tenido cuatro hijos, los mismos que con su anterior pareja.

La primera vez que coincidieron Soler y Blasco fue en el ravatxol del barquero. El escritor iba acompañado de su mujer, María Blasco del Cacho, y subieron en la Mata del Fang rumbo a El Palmar. José no sabía quién era su ilustre pasajero pero le llamó la atención cómo escuchaba atentamente al resto de viajeros, sin perder, al mismo tiempo, ningún detalle sobre su trabajo. No tardaron en hacerse amigos, algo bastante habitual «en Don Visent», que frecuentaba mucho la zona e intimaba con todos, pescadores y barqueros, «con la simpática rudeza de su carácter de valenciano noble, que les hablaba de tantas cosas bonitas».

José Soler Dasí. Fotografía publicada en La Semana Gráfica sin acreditar.

Blasco Ibáñez nunca le dijo al barquero que lo había convertido en un personaje de Cañas y barro (al que años después, en 1978, le daría vida el actor Fernando Sánchez Polack, el hermano de Tip, en la serie que emitió TVE). José se enteró una vez publicado el libro (editado en 1902) y de manera casual. El novio de una de sus hijas hacía la mili en Marruecos y para combatir el aburrimiento se compró un ejemplar en Melilla, reconociendo en sus páginas no solo a Soler Dasí, sino también a otros habitantes de L’Albufera. Cuando el muchacho, una vez licenciado, regresó a València, se dedicó a leer la novela al Tío Michaorella y familia, en los descansos del trabajo.

¿Y a José? ¿Qué le pareció alcanzar la inmortalidad literaria? «Muy cortito es, pero para un principiante de personaje de novela no está mal. Por lo demás estoy encantado. Es mucha la gente que tiene curiosidad de conocerme personalmente. Y eso de saber que uno ha corrido medio mundo, aunque sea metido con el apodo y todo, en un libro, siempre halaga». Cuando se publicó la entrevista en La Semana Gráfica se cumplían dos años y medio del fallecimiento de Blasco Ibáñez. José Soler ya no era barquero. Su edad y la llegada de las embarcaciones con motor le habían retirado del oficio y se ganaba la vida pescando anguilas por la noche.