La calle Nuestra Señora de Gracia, centro neurálgico del Barrio Chino en los años 20 del siglo pasado.

El barrio chino de València ha conocido distintas localizaciones. En los años veinte del siglo pasado, y tras la demolición del Barrio de Pescadores, el negocio de la prostitución se trasladó al entorno de la Plaza San Agustín. La Calle Gracia (actualmente Nuestra Señora de Gracia, sí la de la tienda de discos Oldies) se convirtió en el centro neurálgico del mismo. El periodista (y luego político) Federico Miñana (tan interesante sus artículos como su vida) escribió sobre él un artículo para el semanario catalán El Escándalo (nº30, 13/05/1926), que reproducimos a continuación:

Vicio, miseria, cocaína
Los venenos de la mala vida
por Federico Miñana

Ménilmontaine, Alfama, Whitechapel, rincón madrileño de la Universidad, quinto distrito barcelonés Pues, como París y Lisboa y Londres y las dos grandes metrópolis españolas, tiene Valencia su Suburra, su barrio de pecado, su miserable Yoshiwara.

No es un barrio del mar. En las ciudades costeras, el nido del horror, la cuna del hampa, suelen refugiarse en el puerto.

Y es el puerto el que ofrece, entre su acre olor de salitre, en su negrura acribillada de luces inciertas y movedizas de faros, boyas y buques, sobre su infecta podredumbre de barro negro y alquitranado, sobre el agua pastora y traidora que, confundidos en estrafalaria contradanza y arrullados por el chapoteo de las gabarra esclavas y de los bergantines milenarios, ofrece en su espejo negro, astros del cielo, detritus marineros, siluetas acechantes de equívocos perfiles…

No. Nuestro puerto es claro y apacible. Extinguidas ya las pintorescas barracas de Nazaret, apenas si algún tabuco pintarrajeado de verde y de rojo, ofrece al paseante del espigón de Caro, el kaleidoscopio almoníaco de su puerta entreabierta, ojo de gato por el que asoman imágenes desgreñadas, fofas, extravagantes, de viejas camareras de bar, marcadas por el vicio y el crimen con infames costurones. Lobas de amor que juegan y explotan y besan a los pavorosos marineros ebrios, de distantes países. Y riñen con ellos y aguantan sus golpes brutales o les arrojan a la calle, sobre el verdín y el fango de la hondonada, antigua ribera de la playa, en la que sobreviven maravillosamente, áncoras destrozadas, rotas cadenas de anclar, timones astillados, remos y palos carcomidos, quillas descarnadas por la lluvia y los años y el sol…

Pues ni el rincón de Caro, ni siquiera el caserío de «No t’adorgues», olvidado allá abajo, a orilla de la playa de la Malvarrosa, con sus chamizos de madera embreada y encallada, y sus caldereros gitanos y sus pescadores humildes, consiguen mantener, bajo el estallido deslumbrador del sol de Sorolla, la tradición horrible del puerto.

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Nuestro barrio maldito, está dentro, en el corazón de la ciudad, clavándose la peina de tres púas, que hacen las calles del Hospital, Guillem de Castro y San Vicente. Su arteria, su «boulevard», es la calle de Gracia, en torno a la que se arracima la barriada, como una colmena maloliente, que rezuma miseria, escándalo y falsas llamaradas de alegría…

Es el «barrio chino», cómico y folletinesco apelativo que sus visitantes, sus «turistas», inventaron para él, estableciendo la parodia con el famoso distrito neoyorkino.

De diez a tres

Durante el día, el barrio se transforma. Sus vías importantes toman un aspecto de populosa menestralía. Cordelerías, casas de préstamos y de ropas viejas, pequeños obradores manuales, herboristerías, tocinerías, tenduchos de baratijas, atraen y sueltan su clientela humilde. Nada advertirá el viandante. Pero al llegar las sombras nocturnas, el rincón sufre una rápida metamorfosis.

Las escalerillas se abren, y por ellas se desliza el chorro andrajoso de las busconas. Se encienden los faroles rojizos y amarillos de las casas de dormir. Ciérranse los talleres, se abren los bares, las tabernas, los colmados. Un olor indefinible, a humanidad, a alcohol, a farmacia, a droguería barata, se expande por el aire y lo embriaga, lo trastorna, lo anestesia.

A las diez, el barrio chino empieza su vida. Risas, canciones entinadas por voces roncas y estrepitosas, rasgueo de guitarra, lloriqueo de violines tuberculosos, carcajadas de pianolas de teclas desdentadas y cuerdas rotas.

Hay luz en las calles de Gracia y San Vicente. Lo demás permanece en penumbra. Y por la sombra se ven correr, pegadas a los muros, figuras absurdas, flacas, agarrotadas por el estigma, la molicie y el frío. Figuras monótonas, todas iguales, que huyen de la claridad y danzan en las tinieblas igual que fantochines de un guiñol de siluetas…

De vez en vez, otras figuras pasan o acechan: son los guardias, con su casco y su capote, que se asoman a todos los antros, como para dar órdenes de un rito bestial e indefinible.

Hacia la tres, un decaimiento de concurrencia, el barrio cobra inusitada animación. Es la hora del cierre. Bares y meretricios cruzan sus puertas. Las callejuelas se pueblan de hamponería cansada, soñolienta y medio borracha.

En las esquinas y en los quicios oscuros hay hombres que esperan. Son los «macas», los chulos, los explotadores de mujeres que espían la salida de sus amantes. Y es la hora dramática, la de los celos, la de las bofetadas, la de los ayes de hembra golpeada y los rugidos de rufián descontento que insulta y exige, despóticamente.

Alguna noche, es la hora trágica. Una golfa, un chulo. Y de pronto, el antiguo amante que surge o el rival que defiende o el desconocido que antes que ceder su pareja, su conquista, apalea o acuchilla…

Alguna noche, un tiro, una puñalada. Y un corro y después soledad y silencio…

Otras noches, sainete. Broncas sin sangre. Fantasía de insultos y de bravuconadas. Desplantes y más vino.

A las tres y media, el barrio descansa. Los vigilantes dormitan en sus sillas de enea. En las tinieblas sólo lucen los faroles de la casa de dormir, modernos sustitutivos de las célebres cofradías de la «soga».

Algún noctámbulo. Alguna pareja que pasa, muy ceñida, camino del cubil. Y los cánticos del sereno, que pregonan la hora y hablan de las luces del cielo…

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El «barrio chino» duerme. Apesta. Exhala todo su olor a pecado y a llaga… Portal de San Pablo, En Sanz, plaza de la Figuereta, Padilla, rincón del Pilar, tugurios hospitalarios de Vinatea, Gil Polo, Embañ, mancebías de las Almas, Ribot, Quevedo, loberas horripilantes de San Luis Bertran…


Cocaína

Desde los tiempos en que las tanguistas de los cabarets pedían a gritos a los camareros, un papelito de cocaína o se refugiaban en los reservados con sus amigos, para consumir un frasco de pantopón o de éter, es la barriada de Gracia lonja de la terrible droga, clandestino almacén de! tóxico criminal.

La policía acorraló la ciudad y fue reduciendo el círculo de los cocainómanos. La cocaína acabó, como el juego, y como el juego, vive en misteriosa comunión con el otro vicio, haciendo la ronda de todos los pecados.

Gracia, es el barrio de la cocaína. Allí se esconden los traficantes callejeros, los que ofrecen la droga, con muecas grotescas y signos jeroglíficos, asomándose a los tugurios, que en vez de puerta ostentan una cortina deshilachada, o celestineando entre los clientes de los bares de camareras y en el fondo de las escalerillas húmedas y tenebrosas de los meretricios…

Hasta nosotros llegaron confidencias. Según un apasionado del «barrio chino», hace pocos días vivían de la venta de cocaína, veintiséis agentes. L a mayoría eran tullidos, antiguos «croupiers» en derrota, pícaros prácticos en ejercer las artes de la buhonería y el alcahueteo, galopines quinceneros, contrabandistas borrachines, golfos ex bailarines de cabaret o «macarras» desposeídos de sus momios.

Burlaban a la policía. Hábiles farsantes, sabían simular su delito y gemían a tiempo, cuando algún soplo imprevisto, les denunciaba a la policía.

Entre las mujeres, el vicio está arraigado. Hasta tal extremo, que el poseedor de uno de aquellos frasquitos panzudos, de «diez gramos», de vidrio de color de café, es el dueño de sus destinos, el gallo, el ídolo, el marchoso, el que hace de ellas lo quiere y goza, omnipotente, de los favores de las pobres vendedoras de amor.

«La boliviana»

Fn el barrio, la cocaína toma nombres pintorescos, que cambia según la categoría de sus consumidores, como en los buenos tiempos. Los nombres, estrambóticos y expresivos, forman parte del léxico prostibulario, ese «caló» chulesco de la «piltra» (la cama) y la «muy» (la lengua) y la «jeró» (la cara) y la «jay» (la camarera mayor) y el «sornar» (dormir) y el «havillar» (pagar). Nombres que son disfraces o máscaras de la droga prohibida: «mandanga», «bicarbonato», «caldo». Pero, el más difundido, el que prevalece, es el de «boliviana.

El negocio de la «boliviana», es fantástico. Su precio oscila, según la existencia en mercado, y sobre todo, según los peligros que dé la venta. A raíz de una detención, «la boliviana» cuesta más que el oro. Para comprarla, las golfas se arruinan, se empeñan, malvenden sus baratijas y sus perifollos, se entregan, riñen, lloran.

Y la «coco», venida a menos como una vieja hetaira, sustituida entre la gente de «postín», por el éter y la heroína, expulsada y acechada, sigue haciendo su labor criminal, espantosa, en el cerebro de los ex hombres del hampa, en las entrañas de las mujerzuelas, bestias de placer y de dolor.

Un reportaje difícil

El reportaje de la «boliviana» es difícil. Los habitantes del «barrio chino» desconfían de los periodistas. Les esquivan como a los »secretas».

Anoche, nadie nos dio noticias de Soriano Senent, el agente del farmacéutico de la calle de Corset, Moragón, sobornador de policías y vendedor, en gran escala, del sutil veneno.

Soriano es un muchacho rubio, escuálido, pequeño, de rostro muy conocido en los cabarets y círculos nocturnos. Creen unos que fue «croupier» de pequeñas timbas desaparecidas.

Que correteaba por las ferias de pueblo con sus barajas. Pero, en concreto, nadie le conoce, nadie le ha hallado. Se le apresó cerca de un kilo de cocaína, de la «insuperable», «Merch» legitima, con su etiqueta blanca y su sello de caucho sobre el tarro de fino cristal. 940 gramos, en frascos de a 100 y de a 10. Tres mil pesetas en total, que se multiplicaban vendidas en «papelinas».

Hubo una confidencia. Los policías reconocieron a Soriano, cuando se asomaba a un prostíbulo de planta baja, el 88 de la calle de Gracia, por cierta fotografía publicada en una revista médica.

Se le dio el alto. Soriano escapó y fue detenido en el mercado de Abastos. Llevaba nueve tarros grandes y cuatro pequeños. El registro no dio más. Era un agente al «por mayor». Los vendedores ambulantes se valen de mil estratagemas para esconder la «boliviana». La ocultan en botones huecos, en los dobles del pantalón, en las solapas de la chaqueta, en bolsitas negras cosidas a la bufanda o al forro de la gorra.

Poco después fue detenido Alberto Moragón, contra quien «cantó» Soriano, que aseguró ser mancebo de la farmacia, después de afirmar que vendía cocaína por primera vez, impulsado por el hambre.

***

Un espectro de pánico ensombrecía anoche las encrucijadas del «barrio Chino». Espectro de presidio. Augurio angustioso de cárcel…

El barrio estaba triste ayer. Pero su tristeza pasará pronto. Volverá la vida, tirana, a imponer su yugo sobre toda aquella yácija purulenta, maldiciente y execrable. Fuera, casi, de la humana condición, el barrio de las pecadoras, de los buscones, de los chulos, de las adivinadoras, de los curanderos milagrosos, de los explotadores de blancas, reirá otra vez con su risa falsa y espeluznante. Risa que cubre dolores infinitos, fracasos de amores, ruinas de sueños. Fuera de lo humano, fuera de la ley. Como brutos.

Y los moradores del trágico rincón, continuarán, en brazos de los microbios, del alcohol, del hambre o de «la boliviana», su inexorable desfile hacia el presidio y hacia el hospital…

¿Piedad? ¿Para qué? La piedad es ya inútil. Haría reír a carcajadas, en el «barrio chino», como una virgen a la que nadie hubiera besado…