Fragmento de una postal de la Plaza de Toros de València.

En unos solares, entre las (actuales) avenidas de Blasco Ibáñez y Primado Reig, a la altura de donde estuvo años después la discoteca Woody, hoy un Mercadona, se quiso trasladar la Plaza de Toros de València en 1958.

El Ayuntamiento de València y la Diputación Provincial refrendaban el proyecto. Con un presupuesto en torno a los 45 millones de pesetas de la época (270.455€, sin calcular el aumento del coste de vida en este tiempo transcurrido), las obras durarían dos años y el nuevo coso taurino tendría capacidad para treinta mil espectadores.

La mente que mecía el proyecto era Luis Albert Ballesteros (1902-1968), arquitecto entonces de la Diputación, con un fantástico y sugerente curriculum a sus espaldas (especialmente en los años republicanos). Albert ya había propuesto en 1933 (como relata David Sánchez Muñoz en este completo trabajo sobre su trayectoria) la construcción de un nuevo coso taurino, en la calle Jesús, sobre el solar del derruido manicomio. Un edificio militantemente moderno con rasgos expresionistas que nunca se construyó.

Después de haberse encargado, en 1946, de la reparación de la plaza tras un incendio y de promover la construcción de sendos edificios (en 1950 y 1952) en sus aledaños, es en 1958 cuando vuelve a plantear su cambio de ubicación, esta vez cerca de Mestalla.

Albert, en una entrevista en la revista Clima, desvelaba algunas características de cómo sería la nueva edificación: su apuesta por un estilo moderno manteniendo clasicismo en la parte exterior y cemento armado para su estructura, material del que había sido un pionero en su empleo en València.

Mapa de la ubicación que tendría la Plaza de Toros, publicado en la revista Clima.

El arquitecto se mostraba más explícito a la hora de revelar los planes para el solar que dejaría la Plaza de Toros, que no sería derribada hasta que se alzara la nueva. «Se proyecta la edificación abierta, es decir, de edificios de habitaciones totalmente exteriores. Su altura variará con arreglo a un plan estético. Habrá desde un rascacielos de veinte pisos hasta edificios de dos plantas, pasando por los de nueve pisos. En estas construcciones «bajas» habrá terrazas para cafés y otros establecimientos y el resto de estos edificios también se destinará a estos fines. En la parte central de esta urbanización se situará un estupendo aparcadero de vehículos que descongestionará las calles adyacentes».

La intervención urbanística se completaba con la apertura de una nueva calle que iría desde la de Castellón hasta la de Russafa, en su confluencia con Cirilo Amorós. Finalmente, nada del proyecto se llevó a cabo y la Plaza de Toros permaneció donde hoy sigue ubicada.

Eso sí, en 1968, Albert (junto a los arquitectos Alberto Peñín y Guillermo Stuyck) llevaron a cabo una reforma que afectó tanto a su interior como, sobre todo, al exterior, donde se eliminó una valla que rodeaba el coso (además de la cafetería) integrándolo definitivamente en la calle Xàtiva. Un año antes, el empresario taurino Cristobal Peris había propuesto su traslado (recibiendo un no rotundo por parte de las administraciones) a un solar cercano al Monasterio de San Miguel de los Reyes. Pero esa es ya otra historia.