
València recibió al siglo XX con ruido, mucho ruido. El de un repiqueteo de campanas por toda la ciudad. Las iglesias, siguiendo las indicaciones del Papa León XIII, habían abierto sus puertas y oficiado ceremonias.
El martes 1 de enero de 1901 fue, también, la fecha en que España ajustó su hora a la del meridiano de Greenwich y los serenos tuvieron que cambiar su manera de darla, adecuándolo al nuevo modelo, en el que se iba de la una hasta las veinticuatro horas.
En la Plaza del Socorro nació el primer niño del siglo. Hijo de la viuda Candida Arce fue apadrinado por el Ayuntamiento tal y como habían prometido que harían. Fue el 19 de enero cuando en una solemne ceremonia se le bautizó (después de un recorrido propio de una celebridad, comitiva oficial incluida) en la Catedral. Le pusieron los nombres de Manuel, Vicente, Sebastián y José. Y tanto el alcalde (José Montesinos Checa), en nombre del consistorio, como la marquesa de Cáceres (María de las Nieves Yanguas), a título particular, le dieron un donativo de 500 pesetas cada uno.
No fue el único nacimiento registrado ese día en los juzgados municipales. Un total de veintiuna criaturitas (trece del sexo masculino y ocho del femenino) llegaron a este mundo. Por otra parte, fueron seis las personas que fallecieron. Y tres los matrimonios que se celebraron.
El primer día del siglo XX transcurrió entre el susto provocado por un efímero vendaval (que llegó a arrancar cristales de algunas viviendas y establecimientos) de poco más de una hora de duración y el animado ambiente que se registró en la popular Feria de Navidad, con muchísima gente disfrutando de las atracciones y de los puestos, alcanzado una recaudación de 1.171’50 pesetas de la época.
La cartelera, aprovechando las fiestas navideñas, lucía músculo. Y ese martes, por ejemplo, en el Principal se representó Carmen, con la actuación de la señorita Corona, la señora Sareglia y los señores Arrigotti, Romeu y Ferrara. En el Teatro Princesa se pudo ver Los sobrinos del Capitán Grant. En el Salón de Novedades (de la calle Barcas) entre otras cosas, hubo concierto de bandurria por el señor Primo y actuación del ilusionista japonés señor Florences. También hubo proyecciones cinematográficas en el Cinematógrafo del fotógrafo Ángel (con trabajos del señor Muriente y cuadros cinematográficos de la exposición de París) o en el Cinematográfico Mágico, en la feria, con conciertos y proyecciones cómicas.
Pero si hubo un acontecimiento cultural ese día en València fue la inauguración en el Cementerio General del monumento dedicado al poeta Constantí Llombart, ocho años después de su muerte y gracias a una suscripción popular. El acto contó con la presencia de Blasco Ibáñez que además pronunció un discurso glosando su figura.
El primer día de un año (y de un siglo en este caso) es un momento perfecto, como cualquier otro, para las reivindicaciones laborales. Y así hicieron los fotógrafos valencianos aquel 1 de enero. Celebraron un banquete en el Hotel de París y acordaron que en los gabinetes fotográficos no se trabajaría en domingo, aunque sí el resto de días festivos.
En aquella jornada en València también hubo lugar para el desencanto y el enfado. Se celebró una fiesta de la Caridad, muy anunciada en prensa, para distribuir raciones de comida entre la población más necesitada. Pero alguien de la organización no calculó bien las cifras y algunas de estas personas cuando acudieron con sus bonos para intercambiarlos por alimentos se encontraron con que estos se habían agotado.
Pero si hubo dos personas para las que no empezó bien el siglo XX fue para José Reina Brocal y Ramón Valentín. El primero caminaba tranquilamente por la calle cuando un desconocido le agredió con un palo en la cabeza y en el pecho ocasionándole heridas graves que hubo de curar en el Hospital. Al mismo centro médico acudió el segundo, un niño al que otro muchacho le había golpeado con una piedra en toda la testa.




