
Alberto Mondéjar Sacristán es un clásico de la escena musical valenciana. No es casualidad que también se le conozca como Nano Blues. Pasión no es una palabra cualquiera en su diccionario personal. Encima y debajo del escenario. Estupendo conversador, quedamos para almorzar cerca de Mestalla. Despachadas las viandas nos movemos unos metros a una terracita, café en las mesas, play a la grabadora. Esta es su historia y, de alguna manera, también la de València.
¿Cuál es el primer recuerdo musical que tienes?
En la pandilla de mi hermano Melchor Ramón, que es diez años mayor que yo, había un chico, Toni Muñoz, que trabajaba en Viuda de Miguel Roca, en el departamento de discos, que luego fue el encargado en El Corte Inglés. Todos los domingos, en mi casa, en el comedor que era enorme, organizaban un baile, y este chico traía lo último que salía en música. Sonaba lo mejor y eso me fue calando.
Naces en 1955.
Sí, el 31 de agosto. En la calle Visitación. Nací en casa y era tan guapo que decía mi madre que venían las señoras a verme (risas).
Era un barrio muy valenciano. Ahí nos conocíamos todos. Yo vivía en el número treinta y cinco y en el treinta y siete se acababa la calle y empezaba Conservas Badía, muy famosas.
Había una academia a la que íbamos todos los niños de párvulos desde los cuatro años, la Academia Sornosa, que no era más que un bajo vivienda, que en el salón daban las clases.
En ese barrio vivió, también, uno de los grandes de la música valenciana.
Enfrente de mí vivía Nino Bravo. Era de la pandilla de mi hermano, entre los dos pintaron a brocha mi casa, estaba siempre por allí. A mí me quería mucho, me llamaba el chico. Yo a él Manolito. Tendría unos diecisiete años y ya empezó a participar en matinales con una bandita de la calle, Los Hispánicos. Era muy famosa la versión que hacía del «Only you».
¿Recuerdas cuando entró el primer tocadiscos en tu casa? En aquellas fiestas que organizaba la pandilla de tu hermano ya tendríais uno, ¿no?
No, era su amigo Toni, del que te hablaba antes, el que lo traía. En mi casa fue en 1964, año en que empezó a florecer nuestra economía. Entonces se compró el primer pickup, un dual, en Viuda de Miguel Roca. Y el primer disco que tuvimos fue uno de Enrique Guzmán, un rockero mexicano, que nos regalaron con el tocadiscos. Después llegaron «El tamborilero», de Raphael, y uno de Adamo. Todo estos eran singles y ep’s. El primer LP lo compramos en las Navidades del 64, y fue Beatles for Sale, que costó 200 pesetas. Un dineral. Con esa base, a los nueve años empecé a oír música, a oír, a oír… hasta hoy que sigo.
¿Cómo pasas de escuchar música a tocarla?
Empecé a dar la paliza con que quería tocar la guitarra. No tenía ni puñetera idea. En mi casa no había tradición alguna. Ni en el colegio la tocaba nadie. Tendría unos doce años cuando me la compraron. En el casal de la falla de mi calle había un chaval, Toni, que nos cogió a varios nanos que quisimos, no sé cómo salió el tema, y se puso a enseñarnos a tocar la guitarra, él la tocaba muy bien.
La primera canción que aprendí fue «Nit de llampecs» de Los Relámpagos, que tenía dos acordes, la y mi. Y la segunda «Manzanitas verdes», «Little Green Apple» (la canta), que llevaba la y re.
Estando ya en tercero de bachiller, se me acercó un compañero, me preguntó si tocaba la guitarra y si quería hacerlo en un grupo. Le dije que sí y me fui, a los Salesianos de la calle Sagunto. Allí había un cura, Juan Montesinos, que se dedicaba a esas cosas que hacían antiguamente los curas de atraer chavales de barrio para que no se descarriaran. Este hombre montó un grupo de folk, Raíces, con chicos y chicas, cantando las canciones que ya empezaban a llegar a España con Nuestro Pequeño Mundo, Mocedades… Yo tocaba fatal, no tenía ni idea, sobre todo comparado con los chavales que ya estaban allí…
Con el Grupo Folk Raíces te subirías por primera vez a un escenario.
Sí, fue en el Huerto del Cura en Elche. Como éramos salesianos estábamos en contacto con otros centros de la misma congregación, y en Elche había un colegio. Pasamos todo el fin de semana allí, dormimos incluso en el centro. Raíces llegamos a ser un grupo bastante famoso en València en los ambientes folk.

¿Qué ambiente musical se respiraba aquellos años en València?
Ya estaban llegando las primeras olas de música hippie. Hablo de 1971 y ya había tenido lugar Woodstock en el 69, el movimiento hippie estaba a la orden del día. Todos los domingos había matinales en los diferentes colegios de la ciudad, en Reparadoras, en el Instituto Luis Vives… y ahí había multitud de grupos, solistas, cantantes… Recuerdo uno que se llamaba Híncase un dardo, que hacían música medieval, buenísimos. También otro, Nueva Ilusión, que eran muy buenos.
¿Cuál era vuestro repertorio en Raíces?
Cantábamos canciones tradicionales del folk americano que estaban traducidas, muchas al catalán porque ellos llegaron antes y sacaron muchos temas. En nuestro repertorio habían unas cuantas de los primeros discos de Nuestro Pequeño Mundo o Mocedades.
También hicimos una obra de Aguaviva que se llamaba Apocalipsis, esas letras empezaban a rojear un poquito (risas). Era la época en que empezaba la juventud a llevar pelo largo y pantalones vaquero.
Y entonces salió Jesucristo Superstar, la obra. Nosotros la hicimos. De hecho, la primera versión en castellano fue la nuestra, antes de hacerse famosa en España. Fue algo muy trabajado, con sus solistas adecuados y todo el coro. Por entonces, yo ya empezaba a tocar bien. Juan, el cura, tenía muy buenos contactos y consiguió que la Caja de Ahorros, a través de su aula de cultura, nos llevara los sábados por toda la provincia de València.
Una especie de gira.
Totalmente. Éramos unos nanos, yo tendría dieciséis años, había alguno de dieciocho, pero todos muy jovencitos, eso sí con una ilusión acojonante. Salíamos a las seis de la mañana en autobús. Llegábamos a nuestros destino y mientras el equipo técnico lo montaba todo nos íbamos a dar una vuelta por el pueblo en cuestión. Tocábamos, otra vez al autobús y para casa.

¿Tuviste algún tipo de formación musical?
En 1970 empecé a ir al conservatorio y me convertí en el guitarrista principal, solista, de Raíces. Hicimos cosas de bastante envergadura. Además de las que he contado, el cura compuso una obra, Cantos al hombre, con letras de León Felipe, Lorca…
Había temas muy bien compuestos, muy elaborados armónicamente. Con nosotros tocaba un pianista de carrera, Quique Gay, al que aún veo todos los miércoles. Teníamos muy buena base musical.
Entonces yo ya tocaba con una guitarra clásica que me habían comprado mis padres en Unión Musical Española, en la calle de la Paz, que costó un pastón, 6.000 pesetas. Aún la tengo en casa.
¿A qué se dedicaban tus padres?
Mi padre, Ramón, trabajaba en Renfe en Madrid. Como era muy rojo, tuvo problemas y se tuvo que venir a València. Aquí no pudo seguir en la compañía. El hombre cayó enfermo del estómago, lo tenía muy delicado. Como no entraban ingresos en casa, mi madre, Angelita, que era muy valiente, se fue a una fábrica de textiles que había en Xirivella, cogió un poquito de ropa y se fue a los mercadillos a vender. La cosa funcionó y fue vendiendo más. Mi padre se fue recuperando poco a poco y cuando irrumpió el plástico decidieron ponerse a vender ellos también por los mercadillos. Yo fui muchas veces de niño porque aún no estaba en época de escolarización. A las cinco, a las seis de la mañana, a Nules, a Segorbe… era una aventura, en furgoneta a sesenta por hora.
El negocio del plástico subió como la espuma y vendieron mucho. Después aparecieron las flores de plástico en el mercado y se pasaron a venderlas. Aquello fue una revolución. Mis padres montaban una parada de ocho metros, una locura. 1964 fue la época dorada en mi casa. Entró el pick up, entró una televisión Zenith en blanco y negro, mi padre se compró una furgoneta Alfa Romeo…
Cuando mi padre murió en 1977, mi madre contrató a un chófer que le seguía llevando a los mercados. Ella continuó con el negocio porque yo no tenía un trabajo fijo. Cuando lo conseguí le dije que se acababa lo de que saliera a vender.
Antes de ese trabajo fijo, ¿qué otros tuviste?
Cuando mi padre se puso muy malo y no podía conducir, acompañaba a mi madre a los mercadillos. De hecho estuve planteándome mucho tiempo si dedicarme a la venta. Pero al final no. Mientras mis padres vendían, yo también estudiaba. Estudié para delineante y trabajé de ello en una oficina del catastro. Hacía en tinta, con Rotring, los planos de las parcelas de las casas que los medidores te daban. 25 pesetas pagaban por plano. Se hacían como churros y ganábamos bastante dinero..
Mientras tanto, por las tardes, me iba a clases de inglés al Centro de Estudios Norteamericanos, la Casa Americana que llamábamos, que estaba en la plaza de Manises, al lado de la Generalitat, una finca preciosa. Fui allí porque estudiaban unas chicas de Raíces. Yo tenía unas pequeñas nociones gracias a la música, a los discos, a las letras de las canciones, a los títulos…pero allí aprendí mucho, muchísimo. Hice doce cursos de inglés americano. Todo ello sin saber que tiempo después iba a trabajar en Ibiza y ese inglés me iba a venir muy bien, porque ya sabía francés de haberlo estudiado en el bachillerato.
En 1974 te marchas a Ibiza.
Un año antes, mi hermano había entrado a trabajar en Iberia. Le destinaron a Ibiza, porque empezaba el turismo. Le cogieron fijo enseguida. Cuando volvió de visita, lo recuerdo perfectamente, estábamos mi padre, mi hermano, mi padrino y yo en el comedor de casa, aquel donde hacía los bailes su pandilla, y mi padre me preguntó si quería irme también a Ibiza a trabajar en Iberia. Dije que sí y para allá que me fui.
Te vas a Ibiza con 18 años y sabiendo hablar inglés y francés.
Y sabiendo tocar la guitarra (risas).

¿En qué consistía tu trabajo en el aeropuerto de Ibiza?
Estaba en los mostradores de facturación y hacía todo tipo de gestiones. Desde preguntar si querían zona de fumador o no, ventanilla o pasillo… hasta acompañar a los pasajeros al avión.
¿Coincidiste en tu mostrador con algún músico?
Por supuesto. Tanto en el aeropuerto de Ibiza como en el de València, en el que trabajé luego.
Por ejemplo, un día un hombre me da el billete y leo Jaume Sisa, «Hombre, ¡Jaume Sisa! ¿qué haces por aquí?». «Ya no me llamo así», me contestó, «ahora me llamo Ricardo Solfa» y me dio una tarjeta con su nuevo nombre (risas).
También coincidí con Simple Minds. Habían tocado la noche anterior en el campo del Levante, concierto al que yo había ido. Cuando vi llegar a Jim Kerr, su cantante, al mostrador de facturación, le dije que me diera su camiseta, que no me la había podido comprar. Me dijo que no, que no podía. Le propuse que se sacara otra de la maleta, se cambiara y me diera la que llevaba (risas). Pero me dijo que no, que no.
Y tengo una anécdota con María del Mar Bonet relacionada con el aeropuerto, pero no con mi trabajo. En 1989 me fui por primera vez a Nueva York. No tenía maleta y como aún trabajaba en Iberia fui al departamento de equipajes extraviados para ver si me podían dejar una de las que ya no reclamaba nadie. Y me prestaron, porque al volver la devolví, una Samsonite enorme de ella, que se la habían roto y reparado, pero nunca volvió a recogerla.
Cuando no trabajabas en Ibiza, ¿qué hacías?
No paraba. Me iba solo a descubrir la isla, pescaba en Talamanca o me daba una vuelta por los garitos, porque cuando llegué en el 74 todavía quedaban hippies en Ibiza. La música que ponían era espectacular.
¿Te llevaste la guitarra?
Por supuesto. La guitarra, el tocadiscos y los discos (risas).
Poco a poco fui conociendo gente y tocando en algún garito canciones de Bob Dylan, de Joan Báez… lo típico de la época. Estuve en un grupito con gente que conocí allí. Formación de guitarra, bajo y batería, e hicimos algún bolo de la música que nos gustaba, la música hippie.
¿Ahí habías dejado el Grupo Folk Raíces?
Cuando me fui a Ibiza lo dejé en funciones. Con Iberia tenía un trabajo eventual, de abril a octubre. Entraba antes de Pascua y me volvía después de El Pilar. Cuando regresaba a València retomaba tocar en Raíces y vivía al dolce far niente. Trabajaba seis meses en Ibiza y el otro medio año en València cobrando el subsidio de desempleo.

¿Cómo era la València que te encontrabas cuando volvías de Ibiza?
Empezaron a surgir pubs por todas partes, incluso debajo de mi casa pusieron uno muy famoso, Anomia, donde sonaba siempre blues, John Mayall a tope. Abrió la Casa Vella, empezó la calle de las tascas, Capsa, Barro, Asfalto, Turat… y claro, también surgieron grupos. Grupos que ya de chavales tocaban muy bien. Como Paranoia Dea, con los hermanos Belda. Cuando vi por primera vez tocar a Nacho me pareció una locura como lo hacía. También, estaban, por ejemplo, Modificación.
¿Tocaste, esos años, en algún otro grupo además de en Raíces?
Los que podíamos llamar la élite de Raíces hicimos un grupo de chicos y chicas, éramos unos ocho o nueve. Guitarra, bajo y piano, sin batería. Nos llamábamos Eudaldo, un nombre que era una broma interna porque teníamos un amigo catalán que también tocaba folk que se hacía llamar Eudaldo Gix Puntaluba y sus Svirumlaidas Disblau Berlunga (risas). Tocábamos canciones de The Mamas & The Papas; Peter, Paul and Mary… Hicimos bolos por teatritos, casas de cultura, matinales…Sonábamos muy bien.
¿Todo versiones o compusisteis alguna canción propia?
Quique, el pianista, al que he mencionado antes compuso una, “Hemos vivido juntos”, con la que nos presentamos al Festival de la Canción del Gallo Rojo de Alicante y ganamos el primer premio, 1.200 pesetas, que me las dieron a mí porque yo vine adrede desde Ibiza a participar en ese festival y con ese dinero me pagaron el viaje. Aunque yo trabajaba en Iberia, no tenía derecho a billetes, porque estaba eventual, no era fijo.
¿Alguna aventura musical más esos años?
También de dentro Raíces, los que éramos más amigos, que por cierto seguimos almorzando juntos todos los miércoles, montamos el grupo El pito del sereno y hacíamos canciones de tono humorístico. Había salido una banda llamada Ramsés, Isaias y Pantaleón, con un disco de canciones muy graciosas y letras picantitas y las versionábamos. Hicimos varias matinales.
En 1980 se cierra la etapa de Ibiza.
Iberia convocó exámenes para trabajar en València, los aprobé y me vine. Eso sí, las condiciones seguían siendo las mismas. Era eventual y trabajaba solo seis meses al año.
Raíces ya no existían, yo me comprometí y esos años llevé una vida más de persona burguesilla. Aunque sin perder el contacto con la música en garitos ni con las amistades. Iba a ver bastantes conciertos, València hervía.
¿Y la guitarra la tenías en casa?
Sí, yo seguía tocando, pero no estaba en ningún grupo. En mi casa con mi música, canciones de The Beatles, Genesis, King Crimson…
Después del folk también me metí con la bossa nova, pero es muy difícil, unos acordes muy locos. Y de ahí fui entrando, escuchando, tocando no, en el jazz y estaba prácticamente todas las noches en Tres Tristes Tigres.
¿Había jams en València por entonces?
No, no se sabía ni lo que era una jam.
Los 80 has dicho que fueron como tu época más burguesa.
Sí, y seguí trabajando en Iberia, pero no dejé realmente la música. Y ya a mitad de los noventa sucede algo bastante importante. Me meto en una BBS que se llama Europa 3. Explicado rápido, una BBS era como un chat enorme departamentado en salas, te apuntabas a las que querías y cada noche recibías todos los mensajes de ese día. Allí hicimos un área, e3 música, donde conocí a grandes amigos actuales, entre ellos Jose Aparicio, que tocaba la guitarra. Curiosamente, Jose tenía un chalet enfrente del mío en La Cañada, pero nos conocimos a través del ordenador.
Nos juntamos y empezamos a tocar. Jose tocaba muy bien blues. Se nos unió un amigo suyo, Mariano García, también de La Cañada, e hicimos un trío la Bar Blues Band. Dos guitarras y tres voces. Sin batería y sin bajo. Ahí estaba el secreto. Era un trío vocal. Y empezamos a tocar, te hablo de finales de los noventa, por locales de València. Matisse, El Tornillo… Hicimos mucha zona Cedro.

¿Qué guitarras tenías entonces?
Seguía con la que tenía y con una Yamaha acústica que me vendió Toni Meliá por 6.000 pesetas porque se la compró y no le gustó. Y aún la tengo. A Toni lo conocí en mi época folk porque él tocaba con otro grupo que se llamaba Aigües Blaves. Nos hicimos, y seguimos siéndolo, muy buenos amigos.
Tuve esas dos guitarras hasta que empezó la Bar Blues Band y tuve más poder adquisitivo y caí en lo que se conoce como GAS (Gear Acquisition Syndrom), una adicción, un síndrome que te lleva a querer tener más equipamiento de algo, guitarras en mi caso (risas).
Y los discos, ¿dónde solías comprarlos?
En los 70 estaba Viuda de Miguel Roca, que realmente era una tienda de electrodomésticos que tenía un piso destinado a la venta de discos, luego abrieron una sucursal en el pasaje Ruzafa. Viuda de Miguel Roca tenía cabinas de escucha, cabinas de madera con un cristal, sin auriculares. A veces pasaba allí la tarde, como conocía a Toni Muñoz, el amigo de mi hermano que trabajaba allí, nadie me decía nada. Ahí hice un colchón importante de cultura musical. Teníamos, también, una tienda de discos por el centro que se llamaba Guateque. Y Melómanos en la calle Sueca.
Finales de los noventa, año dos mil, sigues en Iberia y con la Bar Blues Band.
Metimos un batería y un bajista, ¡llegamos a ser cinco en el escenario! Sonábamos muy bien. En Matisse nos grabaron el directo en un mini disk, lo pasé a cd y por la noche me colgaba una mochila llena de discos y los iba repartiendo por todos los garitos de Valencia, esperando en cada uno hasta que podía hablar con el encargado.
La Bar Blues Band no paramos de tocar, era una locura. Hasta que un día Jose se enamora, en València, de una noruega y se van a vivir al país nórdico. Continuamos Mariano y yo hasta que… Mariano se enamora de otra noruega también aquí (risas) y se marcha también. Y me quedo solo (risas).
Me quedé con el nombre y me tocó ponerme a cantar cuando no lo había hecho en mi vida. Tengo una voz horrible, pero el truco es no desafinar. No había una formación fija, llamaba cada vez a alguien, gente que fui conociendo. Y vinieron conmigo grandes bajistas de jazz. El batería era Juan Lizaso, un batería muy funky que toca de puta madre. Tuvimos un montón de bolos.
Con Jose y Mariano sí ensayábamos, en el sótano de mi chalet, pero en esta nueva etapa no. Los músicos a los que llamaba eran tan buenos, que les pasaba el repertorio y no había problemas.
Con la primera formación de la Bar Blues Band, con Jose y Mariano, ¿intentasteis alguna vez componer algo?
No. Nunca. Fuimos a lo fácil. A lo que para nosotros era fácil.
Empieza nuevo siglo y empiezas nuevos proyectos.
En el 2001, 2002, se me ocurre montar un trío acústico vocal de blues tradicional con dos guitarras. Una la tocaría yo y la otra Toni Meliá. Toni llevando la parte más soleadora porque tenía más lenguaje y yo, algo que aprendí mucho en el folk, acompañando, rascando. Soy muy buen rascador, tengo muñeca. Y a la voz Vicky Trillo, una auténtica Dama del blues, ¡cómo lo cantaba! y lo canta, a la que conocía de la escena valenciana. El nuevo proyecto se llamó Nanos Blues Trío y nos hicimos todo el circuito de Matisse, Black Note…
Es la primera vez que sale el Black Note en la conversación, una sala muy importante para ti.
La Bar Blues Band tocó bastante en Black Note y me hice asiduo y muy amigo del dueño, Germán Valenzuela, que falleció hace poco. También Nanos Blues Trío tocó mucho allí. Además, había veces, alguna incluso a las nueve de la noche, que Germán me llamaba porque se le acababa de caer un grupo para ver si podía tocar. Yo levantaba el teléfono y todos al Black Note cagando leches.
En el Black Note, los lunes por la noche, había una jam de jazz. Iba a escuchar, porque jazz no he tocado nunca. Cuando terminó, Germán decidió sustituirla por una jam de blues. Reconozco que le di mucho la paliza con este tema (risas). Llamó a Tonky de la Peña, un guitarrista madrileño muy bueno que ha tocado con grandes figuras. Tonky necesitaba un grupo base con músicos de aquí. Y fueron Paco Rubiales al contrabajo, Danilo Argenti a la batería y … yo a la guitarra rítmica.
¿Cómo fue esta jam? ¿Tuvo mucho recorrido?
Mucho. Cogió renombre por toda Europa. Empezaron a venir músicos de todo el mundo. Conocí a muchísima gente y, a la vez, me conoció mucha a mí. A raíz de haber tocado con la Bar Blues Band en Blues Cazorla y con Nanos Blue Trío en el primer Festival de Blues de Hondarribia ya tenía contacto con todos los músicos de blues de España. Pero la jam del Black lo aumentó en todos los sentidos.
¿Hasta que año estuviste en la jam del Black Note?
Hasta 2012. Todos los lunes de mi vida fichando allí y al día siguiente yendo a trabajar. Y no solo eso. Cuando la jam del Black Note se estaba acabando buscamos otro lugar donde continuar, y montamos otra los jueves en La edad de oro. Y durante un tiempo, toqué los lunes en un sitio y los jueves en el otro. No hacía apenas bolos.
Me empecé a cansar de la vida de la noche, notaba que me atrapaba. En 2016, contando las jams, hice unos ciento cincuenta conciertos. Yo ya no trabajaba en Iberia desde 1997, estaba en una empresa de logística del Puerto de Valencia y había días que me acostaba a las tres de la mañana y me levantaba a las siete.
¿Qué pasó con Nanos Blues Trío?
En 2006, 2007, Vicky Trillo, que era profesora, hizo oposiciones y le salió una beca en Granada para clasificar cerámica árabe. Se fue, se enamoró y se quedó allí a vivir.
Se puede decir que el amor (ajeno) ha acabado con tus grupos.
(risas) Así es, es la historia de mi vida. Vicky se enamoró de Javi y se quedó en Granada. Adiós Nanos Blues Trío. Salvo cuando venía Vicky de visita a València, que yo buscaba un bolo donde fuera. De hecho, en 2024 tocamos como Nanos Blues Trío. No nos hace falta ensayar, tiramos de repertorio y como el grupo suena tan espectacular… Si ahora saliera algo, nos levantaríamos e iríamos.

Hoy en día, tus dos principales grupos son Woodstock e Isla de Wight. Empecemos con el primero.
La génesis de Woodstock está en unos conciertos que consigue José Luis Palau, actual bajista del grupo, en el John Beer, un pub de la Avenida de las Cortes. Íbamos a trío, el propio Palau; Esteban Narbón, un armonicista que conocí en unas jams en el Port de Sagunt; y yo. Narbón sale y entra José Arnau (actual armónica y saxo). Nos llamamos Woodstop. La idea era habernos bautizado como Woodstock, pero tenía un amigo argentino en Pamplona, Gabriel Saretzky, que tenía una banda que se llamaba así. Él me dijo que lo utilizara también, pero no me pareció correcto. Cuando Gabriel falleció sí lo hice. Y ya como Woodstock incorporamos a Luisso (Luis Yáñez) a la batería y voz.
Con Luisso también estás en Isla de Wight.
Es alguien muy afín a mí en lo musical. Isla de Wight lo monto porque quería hacer música hippie. Se nos unió Toño Bravo a la guitarra, amigo de Yáñez, un chaval joven al que invité una vez a tocar una canción en Funkadelia. Es muy humilde, muy cuidadoso y toca muy bien. Él trajo aJuanito Dela (Juan de la Cruz), un guitarrista buenísimo, muy conocido, pero que con nosotros toca el bajo, porque se ha puesto ahora con ello, y lo hace genial. Y como digo es todo más tranquilo, acustiquillo, muy hippie, obras maestras que no toca nadie pero todo el mundo conoce. Y ahí andamos haciendo bolos.
Con ambos grupos la dinámica es la que adopté cuando decidí parar el ritmo nocturno que llevaba. Bolos cada dos meses, cómodos, disfrutando. Y la verdad es que estamos teniendo mucho éxito.
Chicago Line, Finnegans Blues Band o Blue Waves han sido otras de tus aventuras musicales.
Chicago Line es anterior a las otras dos bandas. En 2001, 2002, contacta conmigo Óscar Alcaraz, un batería con el que toco ahora en Blue Waves, porque había una banda interesada en que yo fuera su guitarrista. Me llamaban como guitarra principal y yo nunca lo había sido en el mundo del blues, en el del folk sí. No obstante acepté. Me integré. El primer concierto lo dimos en Ca Revolta. Hice lo que pude, salí airoso, sin grandes solos de mucha mascletà de notas. Hubo un crítico que dijo que prefería mis solos con el lenguaje que yo aportaba que otros solos que hacen otros que son más famosos, pero que aportan poco. Continué con ellos unos años. Ahí toque por primera vez en un templo del blues como era el Terra de Castellón. A uno de los conciertos no pudo venir el bajista y llamé a Jose Aparicio, que siendo él mejor guitarrista que yo hizo de bajista.

Finnegans Blues Band estuvo activa del 2011 al 2015. Fue como un supergrupo. Nick Evans, un cantante inglés que lideraba la Peset Blues Band, formada por médicos del hospital del mismo nombre, era amigo del dueño del Finnegan’s, en Valencia, y le propuso tocar allí. La formación la completaban Narbón a la armónica, Fran Verdugo a la guitarra, Óscar Alcaraz a la batería, Chuso Barberá al contrabajo y yo a la otra guitarra. Hacíamos un concierto al mes, siempre sábado por la noche, siempre lleno, con un repertorio de blues rock de toda la vida.
Blue Waves empezó en 2012 y somos Narbón y yo. Hacemos bolos sobre todo por l’Horta Nord, el Port de Sagunt y alrededores principalmente, porque él tiene muchos contactos allí. Cuando la actuación lo permite y lo necesita llamamos a más gente. En octubre del año pasado tocamos en Caliza, en el Port.
Has compartido escenario con grandes músicos, de aquí y de fuera. ¿Alguno que recuerdes especialmente?
Bob Margolin, por ejemplo. Fue guitarrista de Muddy Waters y sale en la película El último vals. Ocurrió en el Festival de Blues de Hondarribia. El organizador del certamen me dijo que iban a programar una jam para la apertura y como sabía de las jams en el Black Note, me propuso que la dirigiera yo. Empezada la jam apareció Margolin, pero la guitarra ya estaba cogida, le dio igual porque él quería tocar el bajo. Me acordaré toda la vida de la escena: subió al escenario, nos miramos, me pidió permiso con la cabeza, mostró agradecimiento, cogió el bajo y se puso a tocar. Luego, en la masterclass que dio, estuve acompañando los ejemplos que daba para los demás. Muy grande Margolin. Los monstruos son los más humildes y los más cercanos,
¿Tienes alguna asignatura pendiente musicalmente hablando?
Por decir alguna, tocar jazz, pero no es algo que me obsesione.
Lo que sí tocas ahora es el clarinete.
El clarinete llega a mi vida justo el año que dejo las jams de La edad de oro. Mi amigo César, que toca la guitarra de blues, me contó que estaba empezando a tocar el saxofón en la escuela de Alboraia y cuando le dije que a mí me gustaría probar con el clarinete me animó a que fuera. Me apunté y poco a poco me fui enganchando y ya interpreto leyendo.
En la Sociedad Musical de Alboraia he pasado por las diferentes etapas de la escuela. Me metieron en una bandita con los principiantes, con niños de 7 y 8 años, luego en la banda juvenil ya con un aprendizaje superior, para llegar a la banda en la que estoy ahora, la de Alboraia. Además, tuve la oportunidad allí de hacerme el guitarrista de la Big Band de Alboraia.
Pero no le tengo amor al clarinete, es para entretenerme. Esa es la diferencia con la la guitarra, que para mí sí es fundamental. El clarinete no lo toco todos los días.

Hablemos de tus guitarras, ¿cuántas tienes?
Tenía la Yamaha y la clásica. En 1999 me voy a Nueva York por primera vez en mi vida y me traje una Ovation, una guitarra electroacústica que se enchufaba. Me gustaba mucho y estaba muy de moda. Y no la tuve que facturar ni nada. Cuando subí al avión me la cogieron las azafatas y la guardaron en su armario vertical. Aún la tengo por ahí. Está amortizada y reamortizada.
Trabajando en el puerto me mandaron a Nueva York y me traje una Gibson Les Paul, que fue mi primera guitarra eléctrica.
Jose, estando en la Bar Blues Band, se compra una Fender Telecaster. Yo me pico y me meto en eBay y veo que un tipo vende una reedición del 52 y se la compro. Mientras tanto me compré otra guitarra que no tiene valor.
A partir de 2016, en cada bolo me guardaba veinte euros. Iba ahorrando. Un día fui a ver un concierto de unos amigos y uno de ellos llevaba una Gibson 335. Me invitó a subir a tocar y lo hice con esa guitarra, que era inalcanzable. Parecida a la de B.B.King, un guitarrón. Esa noche había bebido un par de cubatas y cuando llegué a casa me metí en milanuncios u otra web de esas, y encontré una por 1.000 euros (risas). Abrí la novela de Agatha Christie donde iba guardando los billetes que ahorraba y tenía, justo, 1.000 pavos (risas). El vendedor estaba en Las Palmas, así que contacté con Toni, un guitarrista que conozco de allí para que fuera a verla. Me dijo que estaba perfecta, le mandé el dinero y el envío lo hice a través de una agencia de transportes que conocía por el Puerto.
¿Y con cuál sueles tocar?
Con la Telecaster que me compré por eBay porque es muy versátil. Hago lo que quiero con ella. Y la 335 está en casa, aunque la saco a algún concierto..
A la hora de tocar la guitarra, ¿qué es más importante: la técnica y conocimientos que uno tenga o el instrumento elegido?
Tienes que saber tocar la guitarra, eso es incontestable. Sobre las guitarras, siempre digo que cuando alguien vaya a aprender se compre una española de cincuenta euros y que empiece a rascar.
Se puede tocar con cualquier guitarra, pero dependiendo del tipo de música que hagas, usas una guitarra u otra. Pero no por nada, todo lo puedes hacer con todas. Pero se adecua más el clásico a la guitarra clásica, el rock and roll a una guitarra eléctrica…, pero porque están las cuerdas más juntas, y unas son cuerdas de acero, las otras de nylon…
¿Qué importancia tiene la guitarra para ti?
La guitarra es fundamental para mí, yo no puedo estar sin ella. Todos los días toco la guitarra. Todos. Sacando una canción, buscando un acorde… todos los días la toco.
(Todas las fotografías de este artículo han sido cedidas por el propio músico. Ninguna va firmada porque no recordaba, con total seguridad, a sus autores. Si alguno de ellos reconoce una imagen suya que nos escriba a redaccion@carambal.com y lo añadiremos. De igual manera si no quisiera que apareciera publicada que nos lo haga saber escribiendo al mismo mail y la retiraremos)




