Foto cedida por Isabel Requena.

En junio de 1986 se estrenó una obra de teatro en València que no se anunciaba en las carteleras. Su título: El corral de la mala suerte. Su autor: Jaime Carballo (1946-1990). La sala: La cárcel Modelo de València.

Carballo estuvo allí preso unos meses antes. Durante su estancia revitalizó la vida cultural de la prisión. Cuando salió, le propuso al director del centro penitenciario y a la maestra realizar un taller de teatro para los reclusos. Así surgió el proyecto Intramuros, que también era el nombre de una revista que ya se editaba en la cárcel.

Junto a Jaime se embarcó en el proyecto Isabel Requena. La actriz (y muchas más cosas) rememoró aquella experiencia en su magnífico libro Material fungible. Y lo vuelve a hacer, de nuevo, un mediodía soleado, en la acogedora terraza de su casa. 

“Jaime era mi mejor amigo. Este fue un proyecto totalmente independiente. No hubo ninguna ayuda ni subvención. No cobrábamos nada, era absolutamente voluntario. Yo, por entonces, sobrevivía gracias a unos diseños de cerámica que hacía. Y Jaime no tenía trabajo. Pero nos dedicamos a la obra durante meses, más de un año”.

Foto cedida por Isabel Requena.

El corral de la mala suerte “contaba un día en la cárcel, desde por la mañana hasta el último recuento”. Un argumento que los reclusos-actores conocían muy bien. “Muchos se apuntaron para distraerse, pero después a medida que conocieron la obra les fue pareciendo muy interesante, al fin y al cabo se estaban contando sus vidas allí, en la Modelo”. Una prisión en “un edificio impresionante. Imponía mucho cuando entrabas, con aquellos techos de treinta metros de altura, ventanas inaccesibles, las galerías, los ruidos de puertas cuando se abrían y cerraban. Las cárceles son las catedrales de los estados. Como edificio este era precioso, menuda paradoja”.

Allí pasaban todo el día Carballo y Requena. “Comíamos con los presos. Recuerdo que celebraban especialmente las judías. La verdad es que el cocinero, o quien fuera, las hacía muy buenas (ríe)”. Jaime e Isabel entraban a las nueve de la mañana y se iban a las nueve de la noche, cuando los reclusos volvían a sus celdas. “Me pasmaba mucho el ruido del recuento. Pensaba en los vecinos que vivían en los alrededores de la cárcel, porque aquel ruido se seguía oyendo incluso cuando te alejabas bastante de allí. Eso, día tras día, tiene que ser un impacto en tu forma de vivir”.

Foto cedida por Isabel Requena.

Para los papeles de la obra se presentaron voluntariamente los internos. “Eran todos atracadores o con historias de drogas, que, en conjunto, sumaban cientos de años de condenas” (exactamente 345 años, 8 meses y 1 día, según se lee en el programa de mano). Pero Isabel nunca tuvo ninguna sensación de miedo o peligro. “Fuimos muy bien recibidos, también es cierto que ya conocían a Jaime, pero yo no he sido mejor tratada en mi vida”. Unos y otros, además, tuvieron claro que para que aquello funcionara era necesario “que mientras ensayábamos no hubiera drogas por medio, porque si no se jodía el pastel, y todos estuvieron de acuerdo”.

Los ensayos arrancaron con improvisaciones. La idea era que a partir de ellas, Jaime Carballo escribiera la obra. Una creación colectiva con un texto de autor. Eso fue El corral de la mala suerte. Isabel se encargó de la dirección de actores. “Cuando tuvieron que ceñirse al texto de Jaime fue un desastre”, hasta que Requena tuvo una idea que todos supieron entender muy bien.

Foto cedida por Isabel Requena.

No recuerda cómo se le ocurrió, pero sí que funcionó a la perfección, incluso para ella. “Les dije que aquello era como un atraco. Había que estar alerta todo el rato, saber lo que hay que hacer, hacerlo y no dejar colgados nunca a los compañeros”. Esas claves las entendieron, les sirvieron mucho “y a partir de ese momento, también, se divirtieron”.

El montaje de la obra supuso para los internos recuperar del diccionario la palabra normalidad. Uno de ellos, Paco Castelló (Miguel en el escenario), estaba escribiendo a máquina en un cuartito al lado del aula donde ensayaban, cuando de repente se detuvo,  “se reclinó hacia atrás, suspiró y me dijo que no se había acordado en todo el día de que estaba en la cárcel. Eso no lo olvidaré nunca, es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida”.

Isabel Requena y Paco Castelló. Foto cedida por Isabel.

La complicidad entre Isabel y los internos fue tal que incluso ella le echó un cable a uno de los presos que tenía que comparecer en un juicio. “Le depilé las cejas, le arreglé la parte de arriba del pelo, le vacié un poco las entradas…no podía ir maquillado, pero con lo que le hice parecía otra persona distinta a la que estaba en la cárcel. Hasta sus compañeros se lo dijeron y le vacilaron”.

La obra se estrenó en la propia Modelo. Fueron los presos que quisieron … y pudieron “A todos nos les dejaron porque para acceder al aula donde se representaba había que hacer un movimiento de cambio de galerías, hasta la cuarta, y a algunos, por sus condenas, no se les permitía”. Hubo lleno absoluto, aplausos, “a los presos les encantó”.

Foto cedida por Isabel Requena.

La siguiente representación fue en la cárcel de mujeres, apenas a cuatrocientos metros de la de hombres, lo que no impidió evidentemente que los actores fueran desplazados esposados en un furgón y escoltados por la guardia civil. “Aquella representación fue estupenda. Tuvieron que intervenir las funcionarias para apartar a las presas que se tiraban encima de ellos. Unos y otras estaban, de repente, en un entorno nuevo y diferente”.

El proyecto siguió creciendo y se hicieron dos pases más. “Invitamos a gente de la universidad y del teatro a que vinieran a la cárcel. Fue muy curioso porque pensaban que iban a ver una cosita de caridad, como suelen ser estas cosas, pero allí había un montaje de teatro de verdad, con una escenografía hecha con lo que pudimos, unos somieres principalmente; con una música pensada y no casual…era todo muy paupérrimo, pero estupendo”. Estupendas fueron también las críticas de Nel Diago en la Turia, de Julio A. Mañez en el Levante o de Vicente Sanchis en Qué y Dónde. La revista Tramoya le dedicó casi un número monográfico.

Miquel Alamar (banda sonora), Jaime Carballo y Camilo Bermúdez (iluminación y sonido). Foto cedida por Isabel Requena.

Y entonces, Carballo y Requena pidieron permiso para hacer una gira por otras prisiones. “Y lo conseguimos. Primero íbamos a ir a Ocaña, luego al Puerto de Santa María…pero cuando ya estaba montado se acojonaron por lo que pudiera pasar, no se fiaban, y el director nos dijo que esa gira no se hacía. Aquello fue un jarro de agua fría porque cortaba el proyecto, la fe ya no era la misma cuando todo se iba a quedar ahí”.

Jaime decidió que siguieran adelante con el taller, pero sin montaje conjunto de obra final. “Y lo que hicimos fue un monólogo, Otras voces y Julia, conmigo sola en el escenario y ellos presentes en diapositivas (a partir de las fotos que les hizo Menchu Giménez) y grabaciones”. La obra se estrenó en el Palau de la Música. “Conseguimos que dejaran venir a ocho presos del grupo de teatro. Y, también, a varias internas de la prisión de mujeres. Dos parejas se escaparon y aquello fue el final. Ellas se presentaron a los dos días en la cárcel, pero ellos estuvieron en búsqueda y captura. Tenían planeada su salida de España, pero por echar un polvo…que también lo entiendo (ríe), pero hay que ser tonto por otro lado”. Y ahí se acabó todo.

Foto cedida por Isabel Requena.

Uno de los dos fugados, Manuel Mateaure (“tenía una condena de más de doscientos años por trapicheos y atracos”), estando en busca y captura llamó una noche a casa de Isabel. “Me preguntó si podía dormir allí y le dije que sí. Al día siguiente cuando me levanté ya no estaba. No sé si por no comprometerme o por vergüenza porque se había meado en la cama”.

No fue con el único preso con el que Requena tuvo contacto fuera de la Modelo. “Paco Castelló, del que he hablado antes, era un tío genial, el único de todos ellos con el que fuera de la prisión hubiéramos podido ser amigos por muchas cosas, por cultura, por intereses vitales, por todo”. Paco quiso huir de la cárcel personal que para él representaba el barrio de Torrefiel y acabó en una de verdad. “Cuando le dieron el primer grado se puso a trabajar de taxista y nos vimos varias veces. Hasta que un día decidió suicidarse. Su mujer, a la que le acaban de dar, también el primer grado, murió, y él ya no pudo más. Cogió el taxi, lo aparcó delante de la Modelo y lo hizo. Dejó una carta que fue requisada y nunca pude leer y me hubiera encantado hacerlo”.

Foto cedida por Isabel Requena.

Miguel Cabello de Cid (Pocopito en El corral de la mala suerte) contactó con Isabel a través de la asociación de actores y actrices valencianos (AAPV). “Les dije que sí, que le dieran mi teléfono y me llamó. Había salido de la cárcel y vivía en Euskadi aunque era de Lliria, estaba en València visitando a su familia. Tengo textos escritos por él porque quería contar su experiencia en la cárcel denunciando cómo se infringen los derechos de los reclusos”.

Julián Miravalls (Dimas en la obra) “era un jefazo dentro de la cárcel. Comí una vez con él y su familia. Vendían en el mercadillo. Nos vimos varias veces. Acabó regresando a prisión”.

Foto cedida por Isabel Requena.

Orlando D. Donoso (Picopala en el montaje teatral) “hizo durante años pequeños atracos en bancos y cajeros automáticos. Conseguía cuarenta o cincuenta mil pesetas y cambiaba de ciudad. Hasta que dejó de hacerlo porque se enamoró y lo pillaron. Con él hice una entrañable amistad, hablábamos de cualquier cosa de lo que puedes hablar con un amigo. Y tenía detalles estupendos”. 

La casualidad sorprendió a Isabel Requena, años después, cuando se encargaba del vestuario de una obra de teatro. Una de las actrices jóvenes que participaba en la misma le preguntó si ella era la Isabel Requena que había trabajado en el montaje en la cárcel. “Me dijo que era sobrina de Miguel G. Cantero (El Pera en la obra de Carballo). Él vino al teatro, nos vimos y nos tomamos unos vinos. Me contó que vivía en La Torre y trabajaba restaurando ordenadores. Ya no he vuelto a saber nada de él”. Un final, casi metateatral, para una historia que, como las mejores obras, merece un aplauso prolongado para sus responsables.

Foto cedida por Isabel Requena.