Estación Pont de Fusta, antiguamente denominada como estación de Santa Mónica. Foto: Carambal.

La máquina del tiempo de Carambal es una excusa para recordar lugares de la València del siglo XX que ya no existen, de la mano de gente a la que admiramos. Arturo Cervellera Moscardó es uno de ellos. Licenciado en Medicina y Cirugía, si hoy aparece en nuestras páginas es por su incansable labor de investigación sobre la ciudad, plasmada, por ejemplo, en ese maravilloso (y documentado) libro sobre cafés históricos que publicó, en 2021. Con él, nos subimos al trenet y bajamos en la estación que era la puerta de entrada a València para muchas personas:

Arturo Cervellera Moscardó.

Cuando cumplías años, los privilegios de vivir en un pueblo, había que pagarlos. Era entonces cuando resultaba necesario valerse del transporte público para alcanzar la ciudad y acceder a la oferta educativa, cultural o lúdica.

El trenet fue el elegido por sus cualidades de frecuencia de paso, espacio común y precio. Y el apeadero, el lugar de encuentro para iniciar la mañana de estudios o la tarde de asueto, bien en aquellos vagones cerrados de invierno o en los que disponían de espacios abiertos para los meses de calor. La estación de Santa Mónica el destino final, y de ahí caminando, hacia el colegio, la facultad, el cine o el pub de moda.

El ferrocarril de vía estrecha que había comenzado a funcionar en Valencia allá por el año de 1888, llegó a Burjassot, mi pueblo, en 1891 cuando la fuerza motor era el vapor. Desde 1923 la electricidad fue la protagonista para la tracción de sus máquinas, hasta que fue sustituido por el metro en el año 1990.